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En pocas palabras…

 

(¿qué estás escribiendo ahora, Pilar Ana?)

 

 

elevando una maza o algo parecido por encima de su cabeza.

De acuerdo, no teníamos billete aunque el hecho de que ni siquiera nos hubiera preguntado, nos hacía suponer a los dos, que ese no era el motivo de su enfado.

El grueso revisor de más de dos metros parecía aún más tremendo de lo que era. Era como un volcán en erupción que no paraba de  expulsar una baba verduzca  que olía a vómito y a podrido. No estaba normal ni mucho menos; tanto Peter como yo, llegamos a la conclusión de que  estaba este último tan poseído como los autómatas de la estación.