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En pocas palabras…

Muestra-Trabajo actual-Fragmentos

(¿qué estás escribiendo ahora, Pilar Ana??)

 

Me picaba…

Tenía sobretodo muchas ganas de hacer pis; mi cuerpo estaba ardiendo, así que si había un baño por ahí, podría sofocarme y hasta darme una ducha de agua tibia… aunque esto ultimo no sin antes comer algo… las tripas ya me empezaban a hacer ruidos broncos y guturales.

 

No acertaba a saber por qué me encontraba tan plena y a la vez tan saciada, si estaba experimentando un hambre indescriptible, y una sed apabullante.

Pero no, todavía no era consciente…

Entonces detuve la vista en unos pantalones vaqueros que había caídos al lado del balcón y una camiseta negra de Iron Maiden tirada en el suelo a cuatro metros de distancia.

Arquetípico, completamente arguetípico.

Solo esperaba no volverme a despertar al lado de ese demonio de Oliver Salan, como me hubo pasado en mi última y obligada visita a los Infiernos y se me daba a elegir sobre qué vivencia fatal de mi vida como humana jamás hubiera querido que se volviera a repetir, para como castigo, volver a recrearla una vez y otra, y otra vez… y otra… y así por siempre… eternamente.

‒ ¿Y mi falda,  dónde estaba mi falda? ¿Mi uniforme de enfermera?

Juraría que estaba desnuda dentro de la cama, al menos era la sensación que tenía. Supongo que era una absurdez preocuparse de algo como eso en un momento así, sin embargo me traía por la calle de la amargura saber el paradero de mi ropa. Fuese como fuese, me decidí a evidenciar mi desnudez debajo de las sábanas, y para ello las levanté con sumo cuidado… y eché  un vistazo.

 

El primer vistazo me horrorizó; fue tan rápido que no podía dilapidar que no fuera correcto lo que había visto, o mejor dicho, lo que no me parecía haber visto…

Mis pechos…eran dos, no muy grandes, pero no exactamente diminutos… ¿podría ser que mis ojos no hubieran captado tan apresuradamente mis dos peccata minuta? La primera impresión fue que no estaban… ni uno, ni el otro.

La confusión era total en ese instante, aunque fue peor aún cuando me di cuenta de que mis brazos no eran mis brazos; estos eran peludos y como más rudos… aquí fue ya donde empecé a tomar contacto y a ser consciente de la situación…

Tampoco eran mis brazos… y estaba invadiendo el sueño donde supuestamente Doherty se encontraría con Scarlet, dejando atrás la realidad onírica del montículo y el cocotero en las ciénagas embarradas.

 

Supongo que comencé a tener un poquito de esperanza al estar compartiendo cuerpo con Doherty; reconocí que los míos eran sus convexos brazos y que sus pecas en el izquierdo, dibujaban Casiopea.

De todas formas, aunque me sintiera una entrometida vital y como que meaba fuera del tiesto, me decidí con la prueba irrefutable de que yo era él. Con un poco de vergüenza… miré concienzudamente bajo las sábanas, pero más debajo de  lo que lo había hecho antes.

La verdad es que ya me lo esperaba, pero cuando me vi aquella protuberancia de entre mis piernas, por llamarlo de alguna manera, me asusté escandalizada tapándome de nuevo hasta la nariz, avergonzada del todo.

En fin, mis ganas de orinar iban en aumento, así que sólo pensaba en abandonar la cama rápido y en recoger la ropa para vestirme, aunque en cuanto quise destaparme, sentí que compartía con alguien más la cama. Me dio tiempo a medio sentarme en el borde; y unas largas y suaves piernas de mujer me inmovilizaron en el acto, pinzándome desde atrás, apresándome definitivamente sin que pudiera reconocer su rostro.

‒ ¿Scarlet, eres tú? ‒quise confirmar, sorprendidísima de la actitud que hubo tenido esta con, según lo que veía ella, un amigo; eso era lo que consideraba al final Doherty, que entre ellos tan solo había una bonita y fiel amistad.

Antes de que dijera nada, también me preocupaba como se tomaría lo  de que  yo estuviera en realidad ocupando el cuerpo de Doherty. Si yo se lo mentaba sin más podía sentarle fatal todo.

 

De repente, sus piernas me aflojaron del todo, y para cuando quise girar el cuello preocupada por su silencio, ella se puso de pie sin que lo esperase en absoluto y me obsequió con un tremendo bofetón de los que hacen historia. A poco me tira al suelo pero al ver la cara de mi aparente amante, comprendí por  qué había reaccionado así.

‒ ¡¿Por algún casual piensas que tengo que soportar que me llames como a la imbécil aprendiza esa?!

‒ No, claro que no. Perdóname, Sorticia…no sé en qué estaría pensando… ‒recapacité, consciente de  que había metido la pata al llamarla Scarlet, a la que Sorticia no le tenía ninguna simpatía, ni siquiera en esos momentos en los que las dos estaban de parte de Lilith y los Infiernos.

Culpa mía, tenía que haber tenido más cuidado.

 

Me miraba con odio… los ojos de  Sorticia relampagueaban… me daba miedo que pudiera hacerme algo con su magia más letal y oscura, y en cuanto tuve la ocasión de hacerlo, un par de segundos que ella empleó para quitarse la sábana que se le había enrollado en un muslo,  entré acelerada en el cuarto de baño cerrando automáticamente la puerta con cerrojo.

Al momento, Sorticia ya estaba gritando y aporreando la puerta para que saliera, pero rotundamente que no lo iba a hacer… a pesar de que todavía no tenía ni idea de cómo iba a salir de esta.

‒ ¡Pom, pom, pom! ¡Sal de ahí de una puta vez, Mike Doherty! ¡Deberías estar agradecido de que yo quisiera estar contigo sin pedir nada a cambio! ¡Sí, solo sexo, pero yo te doy más placer a ti del que tú me das a mí, gilipollas, capullo, idiota de los idiotas! ¡Pom, pom, pom!

Lo primero que hice fue abrir la taza del váter y sentarme en el retrete, sin recordar que temporalmente era un chico y tenía que cambiar de hábitos para tan solo hacer un pis. La verdad es que me puse en pie frente a la taza y me la cogí con ambas manos, sin saber con seguridad si lo estaba haciendo bien; apunté lo mejor posible y meé, aunque creí que nunca iba a acabar… supongo que las ganas eran las ganas.

 

Una vez hube vaciado mi vejiga ya me sentía mucho mejor, a pesar de seguir escuchando protestas e insultos de Sorticia desde fuera del baño, fui al lavabo todavía desnudo para lavarme las manos, como si alguien me hubiera activado un resorte.

‒ Está bien, está bien. Cálmate, Albertina… estás en el cuerpo de Doherty, lo compartes con él ‒me decía yo mismamente.

Apreté a la rosca del grifo y el chorro de agua salió con fuerza; me lavé las manos y la cara, y luego vi mi nueva y masculina imagen reflejada en el espejo…

Tenía el rostro un poco desencajado, pero sí, era el de Doherty…ya tenía una incipiente barba, que a mí la verdad es que me picaba un montón y estaba pensando desde ya en cómo deshacerme de ella. Incluso, me fijé que a mi vera había una afeitadora de las que necesitan enchufe; la tomé, y justo cuando encontré dónde conectarla y fui a hacerlo…

 

Nomás fui a conectar la máquina al enchufe con la mano derecha, y antes de que llegara a hacerlo, la izquierda me lo impidió largándome un golpetazo que me dejó sin palabras.

Fue entonces que como de soslayo, pude apreciar una expresión de mezcolanza entre el disgusto y el enfado en el rostro de Doherty, en aquel fiel reflejo del gran espejo colgado encima del lavabo.

Esa expresión no encajaba ni de lejos con mi sentimiento de asombro y sorpresa por el manotazo…

‒ ¡Joder, Tina, ya te vale, que no estás tú sola en este cuerpo! ‒exclamé, o mejor dicho, exclamó la imagen del  espejo.

‒ ¿Doherty, eres tú? ‒ articulé insulsa.

El mismo que viste y calza, nena, el mismo que viste y calza.

‒ Bueno, la verdad es que, calzado calzado no estás, y vestido tampoco ‒añadí divertida.

‒ ¡Ya, pero mira qué flaman la barba que me está saliendo! ¡Y pensar que querías afeitarla…! ¡Y que no mires hacia abajo, cojones Tina! ‒anotó él después tapándose las vergüenzas, al percatarse que estaba en pelotas.

‒ ¡Pom, pom, pom, pom! ¡Ya me estoy cansando, Mike! ‒gritó Sorticia, acotando el buen humor con el que estábamos tratando los hechos.

En fin, animé a Doherty a que se pusiese algo encima, ya que yo también me sentía un poco incómoda, visionando… su aparatejo, cada dos por tres.

 

Gracias a Dios, se puso un paño que había en un toallero y pude sentirme algo mejor, aunque yo sabía que si agudizaba el ingenio y la vista, se lo podría ver. No quería disgustarlo, así que lo mejor sería no mentárselo.

Doherty y yo seguíamos compartiendo el mismo cuerpo… no había forma de ir a ningún sitio; estaba ya pensando en un plan para hacer que Sorticia se alejara de la si alguien fuerte y vigoroso me hiciera moverme por el baño hacia la parte trasera, y descorre una pequeña cortina de un plástico difuminado que ocultaba una nimia ventana a un patio exterior…

‒ ¿No estarás tramando que pueda  salir por ese ventanuco, verdad?