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En pocas palabras…

Muestra-Trabajo actual-Fragmentos

(¿qué estás escribiendo ahora, Pilar Ana        

Era como si agobiados por el calor y la supremacía del sol, estuvieran todos buscando un entorno más lóbrego, como menos a la intemperie dentro de los dos islotes del lago. Me estoy refiriendo a como si la gran mayoría estuvieran pasando a cuentagotas a Duck Island, no sé, a expensas de presenciar el acontecimiento del siglo.

Bajando por el puente azul, la gente avanzaba cada vez más rápido hacia la isla, como si tuvieran una prisa inusitada; los más jóvenes hasta se daban empujones entre ellos, dejando a la zaga a las personas de más edad que no renunciaban a protestar por mucho que supieran que no les iba a servir de nada.

Eran algo más de las doce del mediodía y esta no era una hora especialmente concurrida, puesto que los cuidadores de las aves que habitaban Duck Island todavía no habían hecho aparición para darles de comer, pero al parecer alguien estaba corriendo la voz de que estaba pasando allí algo interesante o mejor dicho, fuera de lo normal. Solía ser un lugar tranquilo regentado por patos, ocas, petirrojos, mirlos, gaviotas, incluso lechuzas o cisnes; realmente, todo el parque era un paraíso ornitológico… También  había una colonia de pelícanos, que ya desde hacía siglos habían sido regalados por la aristocracia del momento.

La primera pareja de pelícanos fue de parte del zar ruso al rey en esos años Carlos II, y a partir de entonces otros representantes de casas extranjeras habían continuado la tradición de regalar estas aves blancas picudas, de enorme y peculiar papada.

 

No hacía falta fijarse mucho para encontrar a las juguetonas ardillas del parque, correteando incesantes por cualquier lugar o comiendo despreocupadas de la mano de uno u otra visitante, mayormente nueces y otros frutos secos. Algunos advertían que las ardillas grises mordían o que arañaban, pero casi seguro que solo lo harían si se las molestaba o se las incordiaba; exactamente como le pasaría a cualquier bicho viviente obligado a defenderse, incluido el ser humano.

En uno de los bancos de madera que frecuentaban todo el parque, había un chico joven con pinta de estudiante ahí sentado, de no más de veinte años, dándole bayas a una de estas ardillas que se acercaba a él sin ningún miedo, saltando del banco a sus rodillas como si tuviera confianza de sobra para hacerlo. Y a lo mejor era que sí que la tenía, como si ese animalito de cola elegante y majestuosa supiese en el fondo que verdaderamente, donde le correspondería estar a ese chaval pirolero un día laborable era en el instituto o en el centro en el que estudiase, y si no la bailaba el agua informaría de su espantada a su director, a sus profesores o a quien tuviera que hacerlo.

De pronto, la ardillita parecía haber desviado su atención, y miraba erguida sobre sus dos patitas traseras hacia Duck Island poco antes de los primeros avisos de que algo allí estaba pasando; daba respeto pasearse por la orilla de aquel lago, sobre todo a sabiendas de que en otra época había habido cocodrilos por allí, ya que en el pasado Saint James fue un zoológico y una comunidad única y exclusiva para aves exóticas.

 

Antes  de adentrarse por los senderos sinuosos de la península, recordé el pasado del St. James Palace, cuando había sido un hospital para leprosos…  el edificio se veía hoy inconfundible  y distinguido, no obstante no hubiera podido evitar llorar de haber podido, si indagaba un poco entre mis  recuerdos de cuando llegué a Londres a principios del siglo XIX, poco después del incendio que hizo remodelar el inmueble.

 

Al borde de uno de los caminos que llevaba a una pequeña casa de campo con un flamante y variopinto huerto en su exterior, una niña de unos siete años corría asustada de un lado para otro; nadie sabía lo que decía, tan solo farfullaba nerviosa:

‒ Pelícano, pelícano malo en el lago… pelícano caníbal… ¡Pelícano caníbal en el lago!

Al principio no era que le diera mucha credibilidad, sin embargo no quise perderme lo que pasaba a la orilla del lago, a pesar de que todo eso del pelícano caníbal parecía una completa insensatez; y más al saber que los pelícanos comen generalmente  pescado… francamente, dudaba mucho que, como dicta la definición, uno de estos se estuviera almorzando a otro de su misma especie.

 

Pues cuando llegué a la escena del crimen, no me quedó otra que renunciar a mis razonamientos y matizar sobre lo que allí estaba ocurriendo. No podía ser, ya tenía cerrado su pico a mi afluencia hasta la orilla… era el más grande de los pelícanos que andaban por Duck Island, y algo con alas y plumas estaba luchando a vida o muerte por salir de su garganta abombada…

(fragmento de «¡CRACK, CRACK! ROMPEHUESOS II»)