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                                                “HIERÁTICO”

                                                                   Por Pilar Ana Tolosana Artola

 

Esa mañana cuando Rodrigo llegó a la estación de tren, quería darse el lujo de no acordarse de nada… Eran sus vacaciones, las primeras que pasaba lejos de su esposa y sus hijos; al principio, esto le desanimaba mucho, sin embargo optó por abrirse un poco y lanzarse a la aventura.

Al separarse legalmente hacía ya un par de semanas, y ver impotente como los chavales preferían irremisiblemente ir con la madre, todo el mundo le aconsejaba que en sus días libres se fuera lejos, que no se obcecara en nada que le recordara a la familia, la cual había formado con tanta ilusión y sin ningún reparo.

Porque ahora que las cosas venían ya en progresión aritmética, casi como si alguien se hubiera molestado en escribir su existencia en papel de lija, para que fuera más tosca y zafia, no se  podía dejar vencer así; desde que se consideró adulto, no habían pasado más de seis o siete años, lo demás estaba borroso porque siempre había sido  un niño débil y enfermizo, hasta que conoció a la que hoy era su ex… no se había portado bien con ella, se arrepentía tanto…

 

Después de todo, lo que él buscaba en esos momentos no  era vivir a tope, como ellos decían; se conformaba con su Asturias natal y los largos paseos a lomos de su caballo preferido, el que sus padres cuidaban desde que se había marchado al sur.

Así fue, como desatendiendo las opiniones de conocidos, colegas y amigos, ultimó su viaje a su antigua casa y a una pretérita vida, que realmente era ahora cuando Rodri la iba a saber valorar. Hoy en día había aprendido a echar de menos sin llorar, pero cuando se pierden cosas, a veces se aprende a quererlas y a no menospreciarlas también.

Era un viaje sencillo y sin complicaciones… sería hoy por hoy el más placentero de su vida sin ninguna duda.

 

Pasó medio minuto y con los billetes en la mano, se sentó en un banco frente a las vías a esperar al tren.

Sospechaba desde hacía tiempo lo de que tendría que programar solo sus próximas vacaciones, aunque la verdad fue que le costó más de un par de semanas hacerse a la idea; en un mínimo de período, lo que este debería considerar como un estímulo y un incentivo para subir en la empresa, escalando puestos, o colaborando siempre de la mejor forma, se había convertido casi de inmediato en un premio de consolación.

 

Rodrigo llegó a pensar que su jefa, siempre tan irascible y tan radical con el trabajo, jamás le daría unos días de descanso ni por mucho que este los necesitase… y los necesitaba, ¡vaya si los necesitaba!

No hay más que mencionar que su superior le había encomendado servirles café a unos peces gordos de un negociete importante dedicado a la metalurgia y a la industria de la transformación, y de cuatro personas reunidas, se lo echó encima a tres cuando Rodri fue a acercárselo.

Pero esto siguió sin significar nada, hasta que tiró al presidente convidado por las escaleras por mirar el culo de una de sus nuevas compañeras, la última que había entrado a trabajar como becaria en la empresa de Rodri. Ahí ya fue cuando la jefa perdió absolutamente sus cabales y cruzó los umbrales de la locura, mandando todo a la porra, y olvidando aquellas miraditas obscenas que le dirigía cuando se quedaban asolas en su despacho, que no coincidían en absoluto con las espantadas y aterradas de Rodrigo.

Así fue como sus vacaciones se hicieron inmediatas aunque nunca sabría con seguridad si porque verdaderamente se las merecía, como le habían comunicado, o porque la jefa estaba celosa de la nueva chica de la oficina y no quería volver a verlo en un par de semanas.

 

Fuera como fuera, lo cierto era que lo del viaje lo miraba como si fuese su única opción de escape a todo esto. Cuando en el trabajo él comentó lo de Tailandia no le faltó gente que le dijera que le iba a acompañar gustosa:

Esta censura de la que hablo, es a veces bastante conformista dentro de lo que cabe, y más a las edades del susodicho camarada cuando se ha sentado la cabeza y las cosas vienen ya tan encarriladas y cuadriculadas, que no queda lugar para la aventura, ni tampoco para un descalabro más o menos moderado. En el fondo era entendible, una mujer y tres hijos a sus cuarenta y ocho ya pesaban demasiado para aparecer y desaparecer, cuando le viniera en gana; por esto mismo, Rodrigo no le reprochó nada mientras le decía que tenía compromisos que atender y que no podría viajar en las fechas predispuestas.

Poco a poco, todos aquellos que le decían que irían con él a Tailandia, se iban bajando del carro, así que concluyó que lo mejor sería ir a Asturias, que al menos sus habitantes no le iban a dar la espalda.

 

Mentiría si atestiguara que Rodrigo no estaba decepcionado, pero no le quedó otra que conformarse y dejar de soñar con lo que solamente había leído en los libros y en catálogos tailandeses, cargando su imaginación de emociones coloristas y entusiastas, capaces de sobrepasar cualquier realidad en este y otros mundos emblemáticos.

¡Adiós Tailandia! ¡Adiós a sus playas asiáticas de ensueño! ¡Adiós a los elitistas templos budistas y a la religión tan civilizada que se respira en ellos! ¡Adiós a sus representativos elefantes, a sus hibiscos y a sus junglas pantanosas! ¡Adiós al mezquite y a la teca de sus ancestros! ¡Adiós al país de los tigres, de las serpientes, y de los gatos siameses! ¡Adiós a su cultura milenaria y a sus tesoros! ¡Adiós a Bangkok y a pasear por sus nocturnas calles!

Y era más que nada, porque no se atrevía a viajar al extranjero solo. No lo reconocería si le  preguntaban, pero la verdad era que le daba terror necesitar algo, lo que fuera, y no tener a nadie a quien pedírselo. No fue siempre así, sin embargo desde que firmara el divorcio, esa sensación de agonía y asfixia vital, se estaban convirtiendo en una constante en su día a día.

 

En un mes cumpliría treinta y seis. Lo de la edad era un tema que siempre le había puesto nervioso…

     Suponía que al ir cumpliendo años, se sentiría más confiado, más seguro de sí mismo y podría ser fiel totalmente consigo mismo, aunque estos últimos días, en absoluto sus sentimientos erran así, más bien era como si una jauría de perros rabiosos y enrabietados le estuvieran destrozando por dentro aún después de la cacería.  Cada vez más, era como si todos quisieran distanciarse de él; como si sus defectos hubieran aumentado al querer ser mejor persona, padre y esposo.

Era como si a todos a la vez les hubiera dado por descubrir que era un inútil y que estaban mucho mejor sin él. Perdió la vista en la distancia, antes de hundirse del todo.

 

De pronto, le sorprendió una pequeña niñita, que correteaba de un lado para otro, haciendo como que no se había dado cuenta de la presencia de Rodrigo.

Era rubia y no muy alta. Él también la seguía con el rabillo del ojo, admirando esa inocencia involuntaria típica en lo niños, que él había perdido ya hacía tanto tiempo. La pequeña tenía una pelota de colores en sus manos y jugaba incansable a botarla y a darle alguna patadita sin fuerza para que no se fuera muy lejos.

Y una mujer pálida que estaba detrás, hablaba con alguien por el móvil, mientras a duras penas arrastraba un carrito de bebé, al que agachándose de vez en cuando hacía cucamonas y gestos graciosos, cargados de amor materno. Esta, debía ser a su vez madre, hermana de la cría de antes, o en su defecto, tener algún tipo de parentesco con la niña rubia de la pelota, sobre todo porque aún siendo la una en tamaño adulto, y la otra en tamaño infantil, eran como dos gotas de agua, calcadas exactamente por delante y por detrás.

En un minuto certificaron que así era, cuando la mayor llamara a la otra para que se personase allí casi instantáneamente, y la riñera luego por haberse alejado demasiado enfrascada en sus pueriles juegos.

Ante las protestas de la niña, la madre soltó un momento el carrito, para enarcarse y ponerse en jarras, haciendo lícito su disgusto  por que su hija le desobedeciera constantemente.

Parecía que la mujer no se encontraba bien, y estaba un poco destemplada; estaban a más de veinticinco grados, y a Rodrigo le dio la impresión como de que temblaba y se mareaba un poco. Caballeroso él, iba a levantarse presuroso para preguntarla si la ayudaba en algo, pero antes de que diera un paso, observó que se ponía la mano en la boca, y entraba corriendo a trompicones en los aseos de la estación; ya seguirla, le pareció inmiscuirse en demasía, así que puesto que no le había llamado nadie, cesó en el intento de ir tras ella.

Pensó él, que lo mejor que podía hacer era vigilar a la pequeña niñita hasta que su madre volviera a salir… se dio la vuelta entonces y la buscó por los alrededores y más allá.

 

Le costó dar con la niña… había dejado su pelota en el andén central, sin embargo ella no estaba por ahí…

Algo le dijo que la iba a encontrar si seguía hacia la izquierda, y Rodrigo avanzó rápidamente  por la plataforma de acceso al tren, sin saber muy bien si se equivocaba o no.

Un poco desconcertado, interrumpió el camino, al verse enredado en una neblina incipiente, pero que crecía más y más a medida que iba llegando al final del elevado andén. Hasta entonces, el día había resultado soleado hasta el momento; por eso la situación le desestabilizaba tanto… a pesar de todo, siguió hacia adelante decidido, desoyendo esta vez a la vocecita de su interior que le aconsejaba concluir el progreso.

Al final, Rodri pudo ver entre la niebla, a la niña sentada al borde de la plataforma, lindando con las vías del tren. Daba la impresión como que se estaba dejando caer a las vías…

 

Dejarla andar por ahí sola no sería lo más seguro y protector, si el hombre quería ejercer con la chavalita de ángel de la guarda, pero de repente se levantó un viento huracanado que impedía a Rodrigo andar normalmente: el hacía lo que podía, pero lamentablemente no era suficiente.

La niña ya estaba en las vías, y a lo lejos, él podía anticiparse desde un primer momento a que por esa misma ruta que andaba la pequeña, un tren de mercancías se acercaba cadenciosamente, obviando  que alguien transitara su trayecto en ese entonces.

 

Y Rodrigo trataba de avisarla… no paraba de gritarla para que subiera de nuevo y se pusiera fuera de peligro…

Pero, el viento se llevaba sus palabras antes de que pudieran causar ningún efecto en ningún receptor, aunque casi sin poder moverse, no entendiendo nada, volvía a intentarlo una y otra vez…

Finalmente, la traviesilla pequeña se volvió, todavía sentada en los travesaños hacia donde se tambaleaba Rodrigo, y este entendió por qué la chiquilla había dejado sus juegos para plantarse en medio de la vía.

 

Entre sus manos  sujetaba un pajarito al que se le había roto el ala y justo se había ido a caer ahí el desgraciado. Rodrigo sin querer, empezó a dar todo por zanjado; quizá sus humildes destinos, el de la desbaratada avecilla, y el de la niñita insulsa y rebelde eran comunes o muy similares al menos… y los dos morirían en segundos atropellados por un tren, cuya marcha era imparable llegando ya a la estación.

De haberlo podido hacer, habría saltado a la vía y los hubiese salvado a los dos como si fuera un superhéroe de los de los comics, no obstante se veía impotente e incapaz de lidiar con lo que estaba sucediendo. Los pies de Rodri seguían anclados en el suelo, empujaba al viento en una tarea agónica y sus brazos casi se juntaban en un aplauso intolerable en la parte posterior… luchaba contra algo sobrenatural, contra algo que tachaba su razón, contra algo increíble para él si no lo hubiese sentido en sus mundanas carnes… todo lo que hacía estaría resultando ridículo a otro que viera la escena desde fuera.

Fue de pronto cuando presintió que alguien llegaba por su andén a paso ligero, sin que el viento supusiera ningún obstáculo para ella, como si fuera un rayo de luz entre tanta niebla.

 

 

Y una muchacha… era una adolescente… A Rodrigo desde luego que no le parecía mejor sitio para que una jovencita pasara la tarde, pero lo supo hipnotizar cuando llego a su altura y le dijo:

Su melena negro azabache y sus ojos azul cielo, eran sus rasgos más impresionantes, aunque sobre todo, lo que más le había impactado a él era su seguridad al pensar que podía hacer algo por la niña.

Por si no se había fijado, ya el tren estaba demasiado cerca… ya no quedaba tiempo para protegerla… y la pobre chiquilla mitigaba toda exasperación al contrastar su carita de felicidad al haber ayudado a ese desafortunado gorrioncillo, con el dramático final que estaba a punto de vivir…

Si todo se hubiera desarrollado con normalidad y Rodrigo hubiera podido bajar a tiempo a las vías, todo hubiera continuado sin ningún problema… todo se hubiera quedado en un susto, que no hubiera tenido mayores consecuencias.

 

Rodrigo la miró con aire desconfiado y sin ninguna gana de hablar, preguntándose qué hacía allí esa jovencita engreída, la cual parecía como que al caminar se le  hubieran abierto las aguas.

Ni siquiera le apetecía contestar que ya no era posible salvar a la niña, y mucho menos se iba a presentar, que parecía que era lo que buscaba en definitiva la Amina esa. Con esa cuestión, lo único que había hecho en su humilde opinión, era demostrar que era una frívola de campeonato.

Pero, muerto de curiosidad, tenía que saber… estaba tan risueña, era como si no le cupiera duda de que todo iba a salir bien…

La cara de espanto de la niña le seguiría de por vida… el tren estaba a menos de un metro de la chavalita y su pajarillo en brazos… lo salvaguardaba apretándolo contra el pecho…

 

Y poco después de esto, como un brillante y fulminante rayo apareció de la nada una hada, que se interpuso entre la niña y el tren… dio la impresión incluso como que la máquina se paraba por respeto a esta.

Casi inmediatamente, desplegó sus alas y estrechó en ellas tanto a la niñita como al pájaro que llevaba en el pecho.

Con cuidado, se posó sobrevolando a Rodrigo y a la otra muchacha, en ese mismo andén en el que todo el rato, el cual parecía eterno. Era una criatura maravillosa.

El hada mediría de cuerpo entero unos dos metros, y era delicadamente hermosa al batir sus enormes alas que abiertas colegirían tres o cuatro metros cada una, dentelleando al moverse finas estelas en azul turquesa y trazas divertidas en verde magenta.

Al depositar suavemente sobre el suelo tanto a la niña como al pajarillo, su pícara sonrisilla sonó como si fuera un eco disperso por toda la estación, y repiqueteó aún unas cuantas veces en los oídos de Rodrigo, hasta que la joven Amina, tan presuntuosa y tan fuera de lugar como desde un principio le había parecido, se puso justo delante y rápidamente su gesto alegre se convirtió en una mueca displicente.

 

Entonces, Rodrigo se fijó en que sus ojos, los del hada y los de la muchacha estaban conectados como por un delgado hilo azul: era fino, pero muy consistente… no obstante, se fue debilitando hasta desaparecer.

El hada no se merecía ese trato, y menos después de haberse transformado en una heroína sobrenatural y  haber salvado a la niña y al pájaro  de una muerte certificada. En el rostro de Amina había un descaro perturbador como de supremacía y superioridad, como si la otra fuera su esclava o algo así.

La veloz criatura buscaba con la mirada a la niña y al pajarillo, pero en cuanto abrió sus esbeltas alas, y ya la pequeña vio que estaban a salvo, huyeron de la mariposa gigante como si fuera una arpía la que les hubiese llevado por los aires.

Un poco alicaída por ello, dio dos pasos hacia adelante, y como si no le hubiera importado hacer cualquier sacrificio con tal de alejarse de Amina, puso la más buena y la mejor practicada de sus caras, y la hizo un par de reverencias, a cada cual más calculada y ensayada, aunque sin subterfugios para no alargarse más en el tiempo.

 

No era que tuviera prisa, sólo era que no se sentía cómoda, y después de liquidar el ministerio, quería largarse, habiendo cumplido ya su empresa.

Poco después volvería a abrir las alas… las desplegó y observó el cielo soleado ya, sin las pasadas nubes… y subió batiendo estas, haciendo que así todo lo terrenal se le quedara tan diminuto…

Rodrigo dijo adiós al hada agitando la mano, sin sospechar que sus destinos estaban ligados, y que un día entendería que su papel de ahora, era semejante al que tuvo ella en ese entonces.

El hombre contempló inocentemente su marcha y fue a girarse para desaparecer de la escena lo más rápido posible, un poco cohibido por lo que acababa de presenciar… fue a girarse, fue a girarse… repito… fue a girarse…

 

De veras, empezó a voltearse, a querer hacerlo… pero no podía…

Ya no había viento, sólo quedaba una brisa insolente, que desmadejaba el pelo conformistamente desenredado de Rodrigo, haciéndole parecer un loco prontamente salido del manicomio.

Lo intentaba una vez y otra vez más, hasta la extenuación… sin embargo sus piernas ni se agitaban; era como si estuviera pegado a un yunque de hierro, y esa sensación extraña de no poder moverse, todavía no había llegado a su punto álgido.  Un hormigueo leve a la par que intenso, fue invadiéndole lentamente de los pies a la cabeza, y para cuando quiso darse cuenta, ya no podía agitar ni brazos, ni manos, ni siquiera el cuello… ¡ni siquiera podía parpadear!

Resultó ser como si le hubieran sumergido en cemento… No podía mover ni un músculo de la cara.

Su rostro era inexpresivo… hierático, frio, endurecido… hierático.

 

Ahí inmóvil en el andén, el pánico de quedare así para siempre, comenzó a invadir lo que quedaba despierto en Rodrigo: su alma y su corazón.

Todo lo demás se había ido desvaneciendo y había sido conquistado poco a poco por una esencia desconocida, como si se tratara de un castillo o un pueblo medievales conquistados por un ejército. No le quedaba otra que centrarse en que  providencialmente su cerebro también funcionaba y que por el momento, sus ojos no perdían detalle de lo que estaba sucediendo justo delante de él.

En el último segundo Rodrigo estaba medio girado buscando a la niñita y tenía el cuerpo virado para allá, a pesar de que sus piernas y sus pies seguían inmóviles en dirección hacia la vía.

Ya no le quedaba ninguna duda, era para siempre la nueva estatua de la estación…

 

Hasta se asustó él de escucharla de repente… cuando pudo reaccionar querría haberla preguntado muchas cosas, ya que al parecer tenía mucho que ver  con el tema. Luego se percató de que la joven acababa de leerle la mente para haberle dado esa respuesta, y supo a la sazón, que no tendría que articular palabras, ni producir sonidos,  para que pudiera entenderlo; verdaderamente lo agradeció, porque comunicarse normalmente, con voz, le era una tarea irrealizable ya.

Raudamente, primero ella se pasó la mano por el pelo, y acto seguido le respondió enérgica:

 

Rodrigo lloriqueaba sin lágrimas en ese sepulcral y extraño silencio en el que se veía sumido; era una proscrita sensación… notaba que las gotas saladas recorrían su tez, pero era como si no quisieran existir y se secaban antes de que una tocara a la otra, aunque no era que desaparecieran, era que se estaban grabando en relieve en su rostro hierático.

 

Dejó de llorar y gritar… Amina ya se había ido, no tenía ya posibilidad alguna de que todo volviera atrás.

Ahora sí que estaba totalmente hundido… iba a echar de menos su antigua  vida, no solo los primeros cinco minutos en los que todo salió bien, sino en cada una de sus partes; devoraría si pudiera sus trozos buenos, y también los malos, porque en la vida hay que saber reír y llorar para poder llegar a la  meta, avanzar hacia un fin que nos hará entender el porqué del camino, correr hacia una libertad que nos hará más sabios y soberanos.

La brisa soplaba ligeramente, y a pesar de que Rodrigo ya no podía sentirla en la cara, no quería olvidarse de cuando esta le golpeaba suavemente, y le hacía volverse un loco arrepentido por no haber apreciado antes su existencia.

 

 

Quizá Amina no era tan mala después de todo… en el fondo, Rodrigo pensaba que volvería, que aquello no podía ser otra cosa que una broma pesada.

Enseguida, detrás de la niña, salió su madre con el carrito del bebé; no sabría nunca que su hija mayor había vuelto a nacer hacía unos minutos, que era un milagro que estuviera  allí correteando de un lado para otro con el gorrión accidentado en las manos… o quizá la pequeña sí que le había  contado algo a su progenitora sobre su experiencia próxima a  la muerte, porque ahora parecía más atenta a los devaneos de la chiquilla.

La niña se lo cedió confiando plenamente, y corrió a buscar la pelota por el mismo andén en el que Rodrigo continuaba inerte.

 

Llegó un momento en el que no podía verla… hasta dejó de intentarlo; Rodrigo casi se olvida de que ahora era una estatua, y no podía voltearse así como así; estaba muerto en vida, no podía  hacer nada de lo que hacía antes, no era ya la persona que un día fue.

Entonces, la niñita rubia pasó por delante de Rodrigo, sin saber nada de lo que le había ocurrido, solo que se le quedó mirando fijamente al impactarle la triste figura de aquel caballero duro como la piedra, el cual no había visto antes ni tan tieso, ni tan rígido y erguido, en aquella estación. Pasaron unos cinco segundos, y lo reconoció: era aquel hombre sentado que ella había visto al entrar en la estación… y ahora sorprendentemente estaba ahí, cubierto de una capa de mármol y piedra caliza, parado, totalmente indefenso.

Del todo confusa, no se lo podía explicar, y él experimentó como una armonía y un sosiego consigo mismo, a las que jamás había estado acostumbrado. De repente, su vida anterior ya no le parecía tan buena después de todo.

 

Poco a poco, Rodrigo frente a la chiquilla, se fue sintiendo más y más nervioso, como si considerase que esa era su última oportunidad para poder comunicarse con alguien que le hiciera caso.

 

Pensó que sí, que esta percibía algo por la curiosidad con la que lo estaba observando, pero era eso solamente… solo curiosidad, porque lo único que hacía era arrugar el ceño y atusarse suavemente la coleta con los dedos.

Rodrigo volvió a pedirle auxilio varias veces desde su conciencia, confiando en que si se concentraba, ella podría oírle…

 

Parecía realmente desesperado cuando la niña empezó a botar la pelota a su lado, y Rodrigo se sintió esperanzado por un instante.

 

Estuvo así un rato, hasta que la pelota reboto en un pie de Rodri y salió contrariada por el andén como si hubiera perdido la chaveta, y la chiquilla detrás claro, como si no hubiera un mañana.

Mientras, él gritaba en silencio como un histérico; viendo que se le cerraban ya todas las puertas, se empleaba por entero en  que la niña lo oyera.

Pero no, evidentemente la niña charloteaba animada con su madre, y ni se acordaba de que en el andén había una estatua igualita a un hombre que hacía diez minutos permanecía sentado en un banco de la estación.

Rodrigo estaba desesperado, angustiado, como si el abismo se estuviera abriendo a sus pies. Antes de que se diera cuenta, la chiquilla se había marchado junto con su madre y su hermano.

 

Fue entonces cuando en verdad, empezó a sentirse como un mueble viejo, uno abandonado e inútil. Sabía qué tenía que hacer, tenía que esperar a la muchacha de la falsa sonrisa… tenía que esperar a Amina.

No dudaba que volviera, no obstante no sabía cuándo, y por encima de todo, deseaba que eso fuera pronto para poder retomar su vida después.

“Cuando lo necesitara”, eso había dicho, era un rango demasiado amplio.

Seguía allí quieto… hoy, mañana y pasado… todos los  días serían iguales… vería a mucha gente por la estación, bajando y subiendo del  tren, bajando y subiendo por el andén, y él allí quieto hasta que alguien le necesitase.

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LA NOCHE DE LAS LÁGRIMAS DE SAN LORENZO

               (por Pilar Ana Tolosana Artola)

¡Atención, atención! Esta es una emisión fallida de Radio Huesca… ¡Atención, atención, se ruega a quien pueda escucharnos que contacte con nosotros telefónicamente, a nuestro correo electrónico, o de la forma que pueda hacerlo!

Se informa a nuestros oyentes de las ondas sonoras que la pasada noche del 12 de Agosto al 13, se avistaron desde el planetario en Cuarte, en el cielo la autopista que conecta justamente con Madrid, varios agujeros negros abriéndose paso hacia las Perseidas, las estrellas fugaces en homenaje a San Lorenzo, que cada año sorprenden y emocionan a todos y cada uno de los observadores del cielo nocturno por  estas fechas.

Singularmente, esta lluvia de estrellas, es la que nos hace conmemorar a San Lorenzo, nuestro patrón, cuando lloró lágrimas de fuego al ser quemado en la hoguera por haber entregado a mendigos, indigentes y menesterosos, a los romanos, cuando estos le exigieron los bienes de la Iglesia. Por eso es que fe martirizado hasta su muerte, y desde esa noche se repetía el ritual, la lluvia de meteoros muy brillantes aunque muy pequeños.

Desde redacción, ya hemos pedido el deseo de que el año que viene, si puede ser, los agujeros no hagan acto de presencia, y se vuelva a dar estos exclusivos y bellísimos fenómenos tan aplaudidos y cada vez más reclamados.

 


Flores para ella

por Pilar Ana Tolosana Artola

Como todas las mañanas solía hacer después de abrir la floristería, Flora miró al cielo, el cual había amanecido un poco gris, y se dispuso a sacar, colocar y ordenar todas las flores en cubos con agua, a regar y abonar todas las plantas más o menos delicadas de los tiestos, tratando y engalanando diversos arreglos florales, que guardaba en la trastienda para los clientes que le habían hecho el pedido. Poco después, llegó Maika, una joven y despierta veinteañera, que la misma Flora había contratado apenas hacía una semana, para delegar un poquito en ella, y que la ayudara con las cositas del negocio.

Alrededor de las once de la mañana, vislumbró que afuera los rayos de sol, tímidamente, empezaban a empapar todo lo que tocaban. Flora no pudo aguantar más, dejó a cargo de la floristería a la chica, y fue rápidamente a sentarse en un banco, en el que allí acomodada, podría hacer un intermedio para darse un buen baño de vitaminas.

 

Sin embargo, la paz y el silencio que se respiraban, pronto fueron interrumpidos por las adversas exclamaciones de Maika, que había salido del local apresurada y bruscamente, como si fuese un toro de miura:

─ ¡No puedo más! ¡No puedo más! ─repetía la joven, a la vez que se le salían sapos y culebras por la boca.

Se sentó al lado de Flora, que la atendía intrigadísima.

─ ¡Pero, ¿qué es lo que pasa, Maika?! ¡Cuéntame por qué te has puesto tan nerviosa!

─ ¡Es un cliente que ha entrado, que ni él sabe lo que quiere por muchas ideas que yo le dé! ¡Es que es inaguantable, de verdad!

─ No te entiendo, en serio… ¡¿Desde cuándo es un problema que un cliente entre a la floristería?! ─cuestionó Flora algo molesta.

─ No, por supuesto que ese no es el problema, jefa. Es un chico alto, vestido con bermudas, y con una cámara fotográfica al hombro; no parece de aquí, no sé… me ha contado que todos los días, al salir de su pensión se cruza con una rubita, la cual con suaves y atractivas miradas matutinas, en tan solo tres días ha logrado robarle el corazón

─ Claro… y el chico se nos ha enamorado… y la quiere agasajar con un ramo de flores, ¿a que sí? ─interrumpió la florista.

─ Pues sí, eso es. Lo que pasa es que cada vez que le sugiero un ramo, me sale con que el significado de la flor no coincide para nada con sus intenciones, y que no le puede llevar eso a su rubia.

─ ¿Por ejemplo?

─ Pues mira, cuando yo le sugería rosas, él me decía que las rojas no porque simbolizaban amor eterno, y era muy pronto para ello, que igual la asustaba… le enseñé las amarillas y las blancas, y tampoco, que tampoco quería expresar amistad eterna, que él no quería ser solo su amigo, por lo tanto no quería arriesgarse a que la chica interpretara mal su mensaje.

─ ¿Vio las acacias amarillas?

─ Las vio, las vio… pero dijo que simbolizaban amor secreto, y que él estaba loco por gritar a los cuatro vientos que estaban juntos, si ella le correspondía, claro. Así que nada, me pasó algo parecido con las camelias, con los alhelíes, con los claveles rojos o los crisantemos violetas con los que se expresa que no se puede vivir sin el amor de la otra persona…

Flora se quedó extasiada, tramando en silencio lo que le podía decir a la chica, que la miraba inquieta con ojos muy abiertos, como esperándose cualquier cosa.

 

Entonces, la mayor se arrimó a ella divertida guiñándole un ojo, la pasó la mano por el hombro, y llevándosela a la floristería de nuevo, confesó:

─ ¡Ya sé, Maika! ¡Ya sé lo que le puede gustar! ¡Vamos a enseñarle unas plantas preciosas que llegaron ayer!

Y así lo hizo Flora, en cuanto el cliente subversivo se percató de su presencia y accedió a seguirla a la dependencia de atrás…

─ Me ha dicho mi compañera que quiere regalarle flores a una chica… y busca simbolismo, significado en el regalo, que manifieste todo el amor que siente por ella… pero sin presiones, sin dar muestras de que esté desesperado, sin expresar seriedad o responsabilidad, ¿verdad? ─pronosticó, poniendo cara de avispada.

─ Sí, exactamente eso ─acertó a decir el muchacho, mientras se quedaba pasmado al contemplar la belleza de la planta, la cual acabó llevándose.

 

El día pasó sin mucho interés para ellas… sin embargo justo cuando iban a cerrar el turista de las bermudas volvió a hacer acto de presencia, portando en sus brazos la misma Nomeolvides que había comprado por la mañana.

─ ¡Flora, que está fuera el de esta mañana! ¡Y viene con la planta, así que igual la quiere devolver porque a su cuqui rubia no le hace gracia! ─exclamaba Maika.

─ ¡¿Tú crees?! Se fue tan contento…

─ Eso era esta mañana porque ahora venía llorando y desesperado, diciendo que si como había sentenciado la rubia, no tenía tiempo de cuidar una planta, es que tampoco lo tenía para dejarle a él un hueco en su corazón ─recitó la joven apesadumbrada.

La dueña de la floristería bajó enseguida para acompañarla, y tratar de convencerle a él de que se quedara con la planta, aunque la destinataria no la hubiera querido… Pero, fue demasiado tarde, el chico ya se había marchado y había dejado la Nomeolvides encima de un mostrador, con una nota que rezaba que la cuidaran por favor, hasta que pudiera volver de Illinois y estuviera preparado para enamorarse de nuevo. Después de esto, Maika empezó a suspirar y a aparecer guapísima y arregladísima por la floristería… también atendía con mimo los pétalos azules de la Nomeolvides, la regaba en cuanto la tierra se secaba, y cuando la sacaba fuera del local, estaba muy pendiente de que los rayos de sol no le dieran directamente…

Flora en un principio no sabía a qué venía tanto interés, luego ya empezó a comprender.

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Ding-dong en Huesca

La semana pasada nos llamaron desde el Ayuntamiento de Huesca, informándonos que recién estaban otra vez abiertas las visitas al Parque Miguel Servet, y nos invitaban a dos estudiantes de la Escuela Mayor de Medio Ambiente y Agronomía a pasar  unos días allí, dado que siendo el pulmón verde por excelencia de la ciudad y el espacio natural más bello de la capital, dominan más de ochenta especies arbóreas, que cohabitan con otras variedades arbustivas y acuáticas en el estanque.

Teníamos que asistir al Parque por la mañana; antes de todo, fuimos al Ayuntamiento para hacer una entrevista al Concejal de Turismo y que nos presentara al guía. Quedamos tempranito para la visita del día siguiente, así que por la tarde del día que llegamos nos dejaban vagabundear y deambular por la ciudad sin compromisos de ningún tipo

Realmente, lo que más me llamó la atención en el consistorio fue un lienzo que se colgaba en una de las salas, que transmitía pasión, sorpresa y drama, nada más admirarlo. El conserje se percató de mi impresión, y apostilló:

          ─ Es la Leyenda de la Campana de Huesca… el rey Ramiro II convocó a los nobles más desobedientes para hablarles de la construcción de una campana que se oyera por todo el Reino, les cercenó a todos la cabeza, y las distribuyó por toda la estancia en forma de campana… ¡Vaya si el mensaje llegó!

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“A dos pasos”

Al levantarme de la cama aquella cálida y soleada mañana de Agosto, nada hacía presagiar que tendría algo distinto a las demás; la verdad es que debería ser diferente, o algo más banal y ociosa, pero al no parecerlo no era el momento de llorar por ello…

Cierto era que a estas horas debería estar ya preparándome con el bikini y la toalla para tostarme al sol en una de esas playas tan bonitas del Algarve Portugués con mis amigas, sin embargo tuve que quedarme en la ciudad a trabajar por orden irrefutable de mi tiránico y déspota jefe. Cada día se pasaba más conmigo; supongo que como era la más veterana de todos sus empleados, era con la que más confianza tenía para torearme como le diera la gana.

Mientras pensaba en estas cosas, ya me había enfundado en los vaqueros más viejos que tenía y me había puesto una camiseta carcomidísima de LedZeppelin, de mis favoritas. Mi madre se espantaría de que saliera tan sencilla y a la vez tan parda a la calle, y además sin maquillar; yo le respondería que no había nadie que se pudiera fijar, que estaban todos lejos disfrutando de las vacaciones, y los que como yo quedábamos, no teníamos ni ánimos para mirar al otro para ver que se ponía o se dejaba de poner.

Por suerte, logré independizarme hace año y medio, aunque ahora “la mama” solía llamarme a diario para restregarme que mi otra hermana iba a casarse en dos meses, y que a mí, a mis casi treinta, se me estaba pasando el arroz y que ya tenía que ponerme las pilas si quería encontrar marido, en este mundo de tantas prisas y prejuicios insanos. Realmente, no estaba yo hecha para el matrimonio, ni tampoco estaba preparada en general para soportar a nadie que quisiera saber de mí más de lo debido, y se creyera tan importante para mí, que acabara discutiendo sobre los gastos del trimestre, sobre celos estúpidos u otras absurdeces, en ropa interior o a la vez que está subiendo o bajando la tapa del váter.

 

Como todos los días, me tomé el café de un trago, y bajé corriendo las escaleras en dirección a la panadería, según era mi costumbre de todos los días; solía colarme antes que nadie para poder elegir uno de los bollitos de chocolate, nata, crema o frutos secos que llevaban aún calientes desde la panificadora, y así daba por finalizado el desayuno de la mañana.

Sin embargo, esa ya no sería como las otras. Era extraño, la panadería estaba cerrada y a través del escaparate, no podía ver ni si había nadie en el interior. Di unos pequeños golpecitos en la puerta por si alguien me abría, pero allí nadie daba señales de vida.

 

Pues nada, me iría directamente al trabajo, con la cabeza baja y balbuciendo maldiciones.

Entonces, comencé a andar como por inercia, hasta que vi algo que los días anteriores no estaba, o yo no me había dado cuenta de que estaba. No sé si me gustaba o me asustaba… Era un boquete negro abierto en medio de la pared; bastante grande… yo cabría por él sin problemas… tendría dos metros de diámetro.

Y de repente, alguien me apretó el hombro; me giré sobresaltada y me encontré con un ejecutivo elegante y bien trajeado de unos cuarenta, que al estar tan expectante como yo, me preguntó:

─ ¿Sabes exactamente qué es ese agujero?

─ No tengo ni idea… vivo aquí al lado y es la primera vez que lo veo ─ contesté embelesada en la insólita oquedad.

Parados ahí, a esas horas teníamos aún la mente en blanco… solo respirábamos cada vez más acompasadamente.

─ ¡Voy a entrar! ─ exclamó el muchachote decidido.

­─ ¿No deberíamos llamar a alguien para que nos dijera qué es eso?

─ ¿A quién vamos a llamar? ¡Venga, no me sea usted ridícula! ─ manifestó acercándose a aquella cueva oscura.

Daba la impresión de que era un machista con ganas de impresionar a una damisela en apuros, y yo ni me consideraba una dama, ni estaba apurada, tan solo un poco neurótica y tarambana. Así que como este me había empezado a caer tan mal, no me dio ninguna pena que se metiera al agujero, para ver si sacaba algo en claro, y de paso yo sacía mi curiosidad sin dar un palo al agua.

Antes de entrar, me saludó con la mano abierta, y me pareció como que el masculinillo ese me echaba un beso volador; por si acaso me cambié de coordenadas, por si podía evitar el ósculo. No sé a qué vino esa tontería, pero tampoco tenía ninguna intención de averiguarlo.

 

Los primeros cinco minutos sin que saliera no me inquieté, sin embargo esperaba que hubiera salido ya a contarme las últimas noticias. A los diez minutos empecé a pensar si estaría charlando con los peones que estuvieran trabajando ahí dentro.

A los quince minutos intuí que habría encontrado otra salida por la que se había largado hacía tiempo, o peor, estaba por allí escondido, riéndose de mis gestos enrabietados y mis paseíllos nerviosos pendiente de él… Después de todo, a los veinte minutos zanjé que podía también haberle pasado algo, y a la media hora entraría a por él.

Iba a llegar tarde al trabajo… con todo, si por pasar de él le ocurría algo, a pesar de que hasta esa mañana no nos habíamos conocido, ni nos habíamos visto jamás, nunca podría perdonarme la culpa de haberle dejado solo. Ni siquiera nos habíamos dado los nombres, no obstante iba a ir, sí.

Resuelta a hacerlo, me acerqué casi de puntillas, mirando a los lados como si alguien fuera a sorprenderme forjando algo malo; me convencía yo misma de que no era mejor decírselo a la policía, o a emergencias, o a los bomberos o a los  geos, o no sé…

Ya estaba en el umbral… cerré los ojos, estiré la pierna derecha y atravesé el límite con el agujero. Luego, me pareció a través de un corredor que algo me tocaba la piel; me acordé entonces de cuando era pequeña y en el tren del terror intentaban aterrorizarnos con jirones de tela, que emulaban telas de araña. Abrí los párpados asqueada, a la vez que me sacudía todo eso, y me cegaron un montón de focos de luces intermitentes y destellantes de colores vivos… Hasta el momento no se había escuchado ningún sonido, no obstante, de repente estallaron dos enormes altavoces que había a mi vera, dejándome medio sorda y a punto de que me diera un ataque cardíaco.

─ ¡Anda, si ya estás dentro! ¿A qué esta genial esta nueva discoteca? ─ exclamó mi salvador instantáneo, el que yo ya me estaba imaginando defenestrado en cualquier esquina, con un cubata en la mano y agitando todo el cuerpo al ritmo de la música, que salía de los bafles.

Me fui indignada, enfadada con el local, enfadada con ese tío, enfadada conmigo misma por ser tan curiosa, y enfadada por dejarme complicar la vida tan fácilmente.


 

El Observatorio

 

Como casi todas las noches, Mario otra vez atravesaba los Monegros en su Meganegris metalizado, con el pálpito constante de que iba a pasar por fin algo emocionante y fuera de lo normal al fin. Dejó el coche no muy bien aparcado y subió aprisa a la terraza del Observatorio, armado con el último Telescopio más avanzado, premiado en las Jornadas Internacionales Astronómicas de hacía menos de dos meses.

Se percató de que el pecho se le había acelerado demasiado, aunque no se sorprendió y se quedó apoyado en la pared inspirando y expirando, inspirando y expirando, inspirando y expirando…

─ Mario, que ya no eres ningún chaval… tienes que hacer las cosas con más calma ─ se decía a sí mismo con una sonrisa en los labios, mientras se acariciaba la reluciente calva, por debajo de la visera.

La verdad es que Mario viviría mejor si tomara más en serio sus propios consejos, se moderara y se cuidara un poco más de lo que lo hacía; su familia estaba cansada ya de repetírselo, porque él hacía oídos sordos y caso omiso a cualquier recomendación molesta de los demás. Dentro de una semana cumpliría sesenta y siete primaveras, y mejor que nadie sabía que no debía excederse y que se tenía que tomar todo con mayor tranquilidad.

 

Antes de mirar por el telescopio, revisó el cielo del desabrigado lugar a simple vista. Solo ese silencio era un regalo del Señor…

Bajó la vista y se dio cuenta que el paraje desértico estaba iluminado por miles de estrellas, a pesar de la negrura y la espesura de la noche; todos, la luna, la naturaleza, las estrellas, las galaxias, los planetas… todo se alineaba para ofrecerle a Mario tal espectáculo… todo se confabulaba para que fuera feliz durante un momento. Estaba tan agradecido, que volvía allí cada dos por tres, pese a que le hubieran jubilado hacía un par de años ya.

 

Además de que le llenaba absolutamente todo lo que se hacía en el Observatorio, desde la presentación de impactantes fotografías hipersensibles de nebulosas o materias inespecíficas del universo, la identificación de nuevas estelas galácticas, hasta el seguimiento de algunos planetas como Júpiter o Saturno, Mario estaba inquieto por unas, no muy precisas, noticias que la NASA había hecho en la revista Vía Láctea. En unos estudios de la Universidad de Alcalá en Guadalajara, unos chicos de postgrado que realizaban tesis sobre eclipses y supernovas extragalácticas, supervisados bajo la mirada escéptica y negativa de todos sus profesores y de cualquier teórico en la materia, pronosticaron que un meteorito caería en Rusia el pasado mes de Febrero; ya que así sucedió, Mario se había quedado absorto cuando escuchó en una tele local las declaraciones apocalípticas e incómodas de un virtuoso compañero de los otros estudiantes augures…

 

“Ciertos análisis astronómicos anuncian actividad extrapolar en el Solsticio de Verano”

 

Actividad extrapolar. ¿Qué querría decir con eso aquel joven apasionado, tan seguro de sí mismo?

Por lo visto, las palabras de este zagalillo no habían despertado el interés de nadie, salvo el de Mario, que esa noche había preferido ir hasta el Observatorio a pasar un rato agradable con su mujer, sus hijos, sus amigos, sus conocidos y sus vecinos en las Hogueras de San Juan.

─ ¡Hijo, qué raro eres! ¡Pues vete adonde te de la gana que yo también haré lo propio! ─ exclamó su amantísima cuando supo las preferencias de su esposo por aquella noche.

¡Caramba, ¿era eso una amenaza en toda regla o qué? Mario se fue compungido por no empeorar la situación; no era capaz de elegir entre sus dos amores, su mujer o la astronomía.

Fuera como fuese, relativizó enormemente las cosas, y apostilló que las estrellas nunca le habían dado quebraderos de cabeza; mientras su señora llevaba infringiéndoselos desde que se conocieron, que pese a que él ya no tenía un recuerdo certero de cuándo fue, estaba seguro de que había sido hacía mucho tiempo, porque recordaba que la primera vez que habían bailado en un guateque, a él acababa de salirle pelusilla en el bigote y ella pesaba treinta o cuarenta kilos menos que ahora.

 

Mientras Mario le daba vueltas a  todo esto, a la vez que miraba al cielo límpido y lleno de paz, oyó algo a lo lejos; algo parecido a petardos, pero sin ser petardos… Esos ruidos venían de arriba, no de la Tierra, de donde pensó que provenían en un primer momento.

Sin planteárselo dos veces, se precipitó hacia el telescopio hecho un mar de dudas. Con el ojo en el agujero desde donde podía observar el Universo, o parte de él mejor dicho, Mario escrutaba nervioso hacia arriba, hacia abajo, a los lados, en diagonal, en perpendicular, en horizontal, en vertical… y nada, no lograba dar con nada que se saliera de lo normal.

Le decepcionó la falta de actividad y un poco rabioso se quitó la visera y la tiró con saña al suelo. Se sentía fatal; no sabía lo que estaba esperando ver… lo que sí sabía era que se sentía defraudado, vacío, furioso…

Recordó entonces que el cura de su parroquia solía repetirle que había que tener cuidado con los deseos… Mario no entendió muy bien hasta ese día a qué se refería…

Medio rendido ya, se apoyó en la pared y se dejó caer lentamente hasta sentarse en el suelo, aturdido y atolondrado. Pasó así más de cinco minutos y se levantó luego, para ir al interior a servirse una limonada y refrescarse la garganta, que se le había quedado muy seca.

 

Justo, cuando estaba dentro ya, volvió a escuchar como unos bombazos en el exterior, como unos chisporroteos y unos estallidos que anunciaban que esa noche no iba a ser como las demás. Por eso, fue que Mario volvió a salir a la terraza con ganas de que aconteciera lo que tuviera que acontecer, sin pensar en las consecuencias.

─ ¡Esta vez sí, esta vez sí! ─ repetía muy agitado.

Esta vez estaba pasando algo que mereciera la pena, por fin… Nadie podía saber lo realizado que se sentía al ver que no se había tenido que morir para vivir algo distinto, algo que se saliera de su rutina, algo tan diferente a lo de siempre.

Era el cielo… eran las estrellas… las constelaciones… los planetas… los hados… el firmamento… el nirvana… los astros… los cometas… las nebulosas… el cosmos… el espacio… Era como si alguien estuviera jugando a los bolos con estos elementos ahí preparados.

Y él, totalmente asombrado, no hallaba ninguna explicación al desmadre universal, que se estaba armando. Barajó desde que el universo se estuviera expandiendo, hasta que el caos se nos estuviera sobreviniendo encima, o que ese fuera el principio del fin, y los Cuatro Jinetes del Apocalipsis estuvieran jugando al fútbol con Plutón, Marte o Mercurio como pelotas de campo.

Lo que más sobrecogía al buen señor, era que todo estaba pasando sobre él, demasiado cerca de él. No tuvo que echar mano a las gafas de lejos, ni al telescopio… todo eso estaba pasando a unos metros de su cabeza.

Todo empezó a temblar como si hubiera un terremoto…La limonada ya no estaba; el vaso que la contenía encima de una mesa, estaba en el suelo junto a ella, hecho añicos. Sorprendentemente Mario, como pocas veces en su vida, se estaba sintiendo vulnerable y débil.

 

En unos segundos, otra vez las cosas volvieron a la normalidad más ruda y corriente, pero después de esto, él comprendió que no quería volver a estar lejos de su familia, a pesar de que a veces se sintiera agobiado, aburrido o reventado por ella. Mario avanzaba con cuidado, como con miedo de despertar a alguien; solo quería llegar hasta donde estarían sus familiares, sin más preámbulos.

Hoy, tenía las ideas más claras que nunca y estaba ansioso por compartir sus sentimientos; decirles a sus hijos que los quería y a su esposa que la amaba por encima de todas las cosas.

Parecía que Mario caminaba por una cuerda floja; bajó por la escalera sin prisa pero sin pausa, y volvió a entrar en el coche para arrancarlo y dirigirse todo lo veloz que pudiera hacia las Hogueras de San Juan.

Asimismo, giró la llave del contacto, y el motor arrancó sin ningún problema; no las tenía todas consigo porque en el último año, el auto ya había tenido que visitar alguna vez más de la cuenta el taller mecánico, sin embargo en ese instante se había portado.

Contemplando el Observatorio por el espejo retrovisor, pronto lo dejó atrás, y pudo poner la vista en el horizonte.

 

Asombrado, Mario se dio cuenta de que estaba amaneciendo ya.  Seguramente, se habrían acabado ya los festejos por la Noche de San Juan ahora que lo pensaba… le empezaba a doler un poco la cabeza; lo consideró una señal para que parase y se cuidara de deshidratarse.

Decidió que bebería agua fresca de la fuente de la plaza, y se sentaría a descansar bajo la sombra de un almendro a las afueras.

 

Así que llegó con su Megane al centro del pueblo, y justo cuando iba a bajar del coche, se fijó en que había un quad rojo de esos de cuatro ruedas empotrado en la pared de uno de los bares de la calle de al lado.

Despotricando y maldiciendo al conductor del quad, Mario se acercó hasta el lugar del impacto… lo atendió como pudo… lo bajó del quad comprobando que no se había fracturado nada… lo tumbó hasta que recuperara el sentido. Tenía la esperanza de que no se hubiera hecho alguna herida interna…

Llamó al 112 con su móvil de ultimísima generación y se percató de que de nada valía, puesto que no tenía línea.

─ Bueno, no pasa nada, en este pueblo la gente es madrugadora; sin duda, encontraré a alguien que me deje subir a su casa a telefonear ─ se dijo él algo extrañado por que nadie hubiera oído el golpazo, y hubiera socorrido al muchacho accidentado.

Bastante contrariado ya, a lo lejos le pareció ver a un chaval joven… se aproximó hasta él sin que este se moviera ni un ápice: era como si se hubiera convertido en una estatua de sal… ahí rígido y estático; Mario le chillaba descontrolado:

─ ¡Chaval, ¿me estás escuchando?! ¡¿Estás sordo o qué?!

Se puso en frente del chico y para su desconcierto estaba quieto, inanimado como si fuera un muñeco de cartón. Le empujó levemente y el chaval cayó al suelo como si fuera una patata cocida.

Impactado, dio unos cuantos pasos hacia atrás y tropezó con algo… se volvió para poder apreciarlo. Se quedó petrificado al ver a otro niño como el de antes, tambaleándose en medio de la calle… y otro, y luego otro, y otro más…

Al caerse el primero, se fueron desplomando los demás como si fueran piezas de dominó… A tres o cuatro metros, cuatro chavalitas de unos quince años hacían piña en el escaparate de una tienda; Mario fue hacia ellas con decisión y le tocó en el hombro a la que parecía estar prestando menor atención… y  de nuevo, sin respuesta, sin movimiento… lo intentó con la del lazo en la coleta de caballo, luego, con la del pelo rizado y castaño, y con la rubia; nada, sin réplica, sin reacción tampoco.

La angustia y la incertidumbre de no saber lo que estaba sucediendo, hicieron que Mario desfilara hacia su casa lo más rápidamente posible. Eso sí, por el camino se iba encontrando a gente del pueblo estancada, paralizada, inmovilizada, como suspendida en el tiempo. El lechero estaba como plantado en as escaleras de la iglesia, el párroco elevaba la mano para saludarle y se había quedado así… el frutero que estaba recogiendo unas manzanas del suelo cuando se detuvo todo…

─ ¿Tendrá esto algo que ver con lo que pasó en el Observatorio? ─ intentó razonar, confuso.

 

Cuando llegó a su domicilio, ese mutismo incómodo y perpetuo se le iba echando encima a Mario, mientras recorría una a una, todas las habitaciones de la casa, sin localizar a nadie, ni despierto, ni dormido; ni hijos, ni esposa, ni fantasmas, ni espíritus, absolutamente a nadie.

Pensó que quizá estuvieran en el jardín trasero. Con prisa, se dirigió hacia allí, y dio con Adelita su mujer, tumbada sobre la hierba, con los ojos cerrados…

Mario se inclinó hacia ella, le acarició la cara, la besó en un moflete, la abrazó después fuertemente pensando lo peor, y comenzó a llorar escandalosamente.

─ ¡Mario, Mario, vete de ahí que me quitas el sol! ─ prorrumpió Adela, haciendo a su marido el hombre más feliz del mundo, sin saberlo.

Y es que esos dichos populares que dicen que no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde, tomó significado para él, y nunca más quiso separarse de su mujer y sus hijos, y sus visitas a las estrellas del Observatorio se fueron haciendo más dispersas, porque no quería pasar mucho tiempo alejado de su pueblo.

─ ¡Bueno, pero, ¿qué es lo qué ocurre?! ─ exclamó preocupado uno de los hijos del matrimonio.

La madre se levantó agobiada ante que Mario no le había hecho ningún caso a que se apartara, y la apretaba contra sí como si fuera una naranja para exprimir.

─ Nada, hijo, no pasa nada. Tu padre, que me quiere mucho y que dice que ninguna estrella es más bella que yo… ¡Está de un cursi!

Por la noche, llevó a Adelita a la plaza… todos les saludaban sin saber que el universo, pocas horas antes, había amenazado con parar las aspas del reloj para siempre.

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FINGIENDO LO QUE NO SOY

 

“Debo fingir lo que no soy. Es lo que he aprendido que debo hacer en el mundo, mientras siga trabajando en esto.

    Los actores y las actrices sabemos cómo ser otros; sabemos si debemos hablar  o callar, llorar o reír, sentir  o ignorar, matar o asustar, besar o escapar, probar u olvidar, arrancar o arañar, envidiar o desear, amar, escuchar u oír, mentir o contar, resistir o caer, tentar o ayudar, conseguir o participar…”.

 

Yo no hice más que comentar que representar el Hamlet de Shakespeare, me parecía excesivo para unos cuantos chavales principiantes y novatos en el arte teatral como nosotros, y todos los compañeros se me echaron encima como si acabaran de escuchar la mayor ofensa, que les hubieran adjudicado en esta vida y en las posteriores. De ahí, que decidí callar por unos cuantos lustros, y solo abriría la boca a partir de entonces, para recitar las únicas frases del personaje que me concedieran en el escenario.

En algún momento, hablaron de  darme el papel de Ofelia; me asemejaban a su locura justo antes de morir ahogada; aunque la profesora de teatro recomendó darme un papelito más intrascendente dentro de la tragedia, menos crucial, con menos frases, con menos peligro de fastidiarla…

Optaron al final por darme algo más acorde a mis circunstancias… ¡qué les caía mal, vamos! Y me convirtieron en el SEPULTURERO nº 2, uno de los que entierran a la trastornada Ofelia en la 1ª escena del acto V.

El nº 1 es el que encuentra el cráneo de Yorick, el de un bufón de la corte, sobre el que Hamlet hace el famoso monólogo del Ser o no ser, he ahí la cuestión… Bueno, daba igual, el caso es que antes de que llegara el cortejo fúnebre, tenía que discutir con el otro hasta qué punto era correcto inhumar en tierra sagrada, a alguien que había renunciado al más precioso regalo de Dios, a la vida, que se había suicidado no encontrando ninguna otra salida; a su pregunta de si la suicida debía yacer ahí eternamente, yo debía contestar muy segura de mí misma, ronqueando mi voz y dándole la mayor masculinidad que pudiera:

     “Dígote que sí, conque haz presto el hoyo. El juez ha reconocido ya el cadáver y ha dispuesto que se la entierre en sagrado. Así han juzgado que fue”.

Entre bambalinas, parecía un papagayo enlutado de sobrio negro, repitiendo las mismas palabras, las mismas oraciones, paralelas respuestas a cada instante. No aparecía por ningún lado la barba de pelo artificial que me habían dejado para darme un aspecto más varonil, o más ambiguo al menos, así que me habían pintado con carboncillo unos enormes bigotes, sin que el resultado pudiera ser muy bueno… quedaba algo hortera, aunque si lo pensaba era mejor, porque así el porcentaje de expectativas de que alguien me reconociera era realmente ridículo.

 

Los demás que participaban en la obra, parecía que estaban muy tranquilos, o al menos eso me parecía a mí. ¡Dios, tenía esa misma sensación de cuando una sueña que se queda desnuda, justo cuando está delante de muchísima gente que la observa como si fuera su referente en la vida!

Yo tenía un malestar; me estaba poniendo malísima… me faltaba el aire… veía borroso… la saliva se me estaba licuando… me sentía floja…

Hasta que ella me dio un golpecito en la espalda, y todas mis molestias se convirtieron en ira y malestar. Era ella, nuestra directora, doña perfecta, nuestra atentísima profesora, la que se jactaba de haber colaborado en  una película de Pedro Almodóvar; no sé en cuál, porque su nombre no figuraba por ningún lado y jamás la hubiéramos imaginado supeditada a las órdenes de nadie, y no al revés… Sostenía que éramos demasiado jóvenes para conocer su carrera entera, que no sé yo cómo sería de extensa a propósito.

Unos amigos a los que daba clase y yo, nos reunimos una noche clandestinamente, con un secretismo y un misticismo propios de cualquier novela negra o de suspense, para investigar sobre los años dorados de “Alfonsina Miralles, la nueva diva del glamour y la farándula españoles”, según rezaba un titular antediluviano de EL PAÍS, al lado de una foto de nuestra cutre docente Arantxa Seisdedos con dieciocho añitos, y una silueta imposible en una postura impensable y demasiado provocativa para cualquiera. Una de las chicas confirmó que el del periódico era su nombre artístico, que no era el verdadero, y que la película de vídeo que llevaba en el bolso, era lo más espectacular, rocambolesco y eroticónque viéramos en mucho tiempo. Ávidos de visualizar aquella exclusiva cinta, introdujimos esta en la rendija del reproductor, cuando por arte de magia, o arte de Satanás, o no sé qué, hubo un chispazo, la cinta empezó a arder, y completamente  desilusionados nos hundimos sin poder visionarla, en el apagón general, que afectó a varias calles de la zona, a casi todo el hemisferio norte de la ciudad.

Nuestro gozo en un pozo; lo que sucedió con la peli de la Seisdedos fue más allá de lo paranormal. Nos asustamos tanto que no quisimos ya volver a quedar para saber más sobre ella ni para boicotearla, ni para contestarla cuando nos gritara, ni para criticarla y conocer secretos con los que poder humillarla el día de mañana… Por los siglos de los siglos, la misteriosaAlfonsina Miralles, ocultamente, seguiría siendo nuestra respetable y fanática Arantxa Seisdedos, nuestra autoritaria profesora dramática, nuestra dictadora académica más impopular, nuestra tirana despótica enfilada siempre en que todo lo hacía por el bien del prójimo.

─ No, no, no… Ya, tienes que olvidarte. Céntrate en la obra, céntrate en la obra… ─ me repetía a mí misma, antes de salir a escena.

 

No me podía quedar en blanco en ese momento. El cuarto acto estaba a punto de acabar… El SEPULERO Nº1 me miraba de refilón desde el otro lado del tablado, sin mucha confianza en que una mediocre como yo lo hiciera bien, o por lo menos, medianamente aceptable.

Creo que sentía una especie de desconfianza hacia mí misma, mezclada con una especial dependencia por que todo saliera así, medianamente aceptable.

Bajaron el telón y cambiaron una opulenta y real sala, por un triste y sempiterno cementerio colapsado por la niebla, donde dos SEPULTUREROS debíamos irrumpir. Mientras preparaban todo, el corazón me empezó a latir como si se me fuera a salir del pecho. Carraspeé un poco e hice ejercicios de respiración, para comprobar que mi diafragma seguía en mi cuerpo y no se había consumido por culpa de mis nervios…

 

Eché un ojo al patio de butacas; el público parecía muy respetuoso y amable, como cualquiera del grupo que formábamos hubiera querido… Cualquiera, menos yo; a cada segundo me iba poniendo más nerviosa y temblaba tanto que parecía una coctelera.

¡Dios, ¿pero sería normal todo esto?! Yo a las actrices de la tele nunca me las imaginaba de esa manera, antes de una actuación; mejor era ya que fuera asumiendo las horribles y destructoras críticas con las que sin duda me iban a defenestrar en revistillas y periódicos de Artes Escénicas.

¡¿Y la pala?! ¡¿Dónde estaba la maldita pala?! ¡Sin ella no podía salir al escenario! ¡¿Dónde estaba, dónde?!

Me entraron ganas de llorar, pero ahora no podía ser… No había tiempo… Todo estaba oscuro… El telón estaba a punto de abrirse y yo sin la pala… ¡Era un desastre! ¡Para un complemento que tiene el uniforme de SEPULTURERO, lo había perdido!

¡Si es que monto un circo y me crecen los enanos!

 

Pues nada, que se abrió el telón y no tuve otro remedio que salir sin pala, mientras juraba en vano por lo bajinis.

Pues eso mismo, que estaba de muy mal humor… Tenía que ir al centro de las tablas directamente donde se suponía que estaba la tumba de Ofelia, y ponerme a la par del otro SEPULTURERO con ojos de desequilibrado, el que había prorrumpido por el lado derecho.

Pues venga, dispuesta a ello… Aunque, no di más de dos pasos, y un ruido especialmente molesto en la grada del final, me distrajo por completo, e hizo que me torciera hacia ese punto, y me clavara en medio del escenario, como si estuviera contemplando una aparición…

Y es que, eso era exactamente… No me hubiera parecido tan raro reconocer a mi hermana, que entonces se paseaba por los pasillos del patio de butacas, si no hubiera muerto hacía diez años. Estaba muy elegante, caminaba como siempre, con mucho estilo, pero mi gemela no dejaba de ser un fantasma incorpóreo y etéreo.

 

A todo esto, el SEPULTURERO Nº1 ya había largado su primera frase; a continuación yo tenía que contestar, sin embargo estaba tan pasmada que no pude reaccionar de otra forma, que saltando las escaleras de la tarima, y quedándome mirando al espectro, que era como un reflejo de mí misma con la melena larguísima, y toda cubierta de polvo blanco de la cabeza los pies.

Y ya fue demasiado cuando su voz aniñada que me iba llamando, que me estaba buscando entre el público, que sus labios repetían mi nombre:

¡Rebecaaaaaaaaaaaa, Rebecaaaaaaaaaaaaa! ¡¿Rebeca, dónde estás?! ¡Rebecaaaaaaaaaaaaaaaaa…!

Me estaba emocionando tanto… No podía más, tenía que comérmela a besos antes de que desapareciera, como otras veces había hecho. Parecía anclada ahí quieta, hasta que comencé a andar hacia arriba con velocidad progresiva… Tenía que reencontrarme con ella, si no me daría un ataque de angustia y luego me moriría ahí mismo.

Mi respiración era entrecortada; me dirigía hacia mi hermana Ivana… corría presurosa… estaba a punto de alcanzarla…

─ ¡Rebecaaaaaaaaaaa, Rebecaaaaaaaaaaa! ─ continuaba ella.

Casi había llegado… Ivana estaba a dos metros escasos…

─ ¡Ya estoy, Ivana! ¡Ya estoy! ─ exclamé sin saber muy bien si me había oído.

Y cuando llegué junto a ella quise abrazarla, sin embargo, al intentarlo, mis propios brazos se reunieron de nuevo, y abrí los ojos buscando una explicación; en lugar del cuerpo curvilíneo y turgente de mi hermana, me encontré con cientos de burbujas que colindaban conmigo y estallaban suavemente. Lo mejor sería asumir que se había evaporado otra vez.

Aunque, si lo pensaba mejor, no sé lo que esperaba en realidad… Ivana no era humana ya, Ivana estaba muerta, Ivana era un fantasma… Debía registrar una vez más esto en mi cerebro.

 

Completamente aturdida y confusa, la gente de las butacas se preguntaban unos a otros qué me estaba pasando. La única que manejaba una respuesta algo más fidedigna y certera, era yo, pese a que no sabía muy bien qué hacer con ella porque ni a mí me convencía.

Me di la vuelta fastidiada, concluyendo que no iba a estar con Ivana, que todo aquello había sido una broma pesada de mi mente, y que si la muchedumbre se enteraba de lo que acababa de ocurrir, me encerrarían en la habitación acolchada de un psiquiátrico, con una camisa de fuerza como vestimenta nivelada a mis delirios… con tan mala suerte al salir de ahí, que tropecé con la pierna de un espectador, y me caí todo lo larga que era… ¡La hecatombe, vaya batacazo…!

 

No podía ni pensar, así que menos estaba yo para hablar y dar elucidaciones sobre las fantasías de mi córtex cerebral. Después, viré sobre mí misma como si fuera una trucha moribunda, y miré curiosa a todos los que estaban observando con fijeza mis movimientos.

─ ¿Qué ha ocurrido, guapa? ¿Te has hecho daño?

─ ¡Pobre chica! ¡Qué despistada! ¿No ves bien?

─ ¿Te has mareado?

─ ¿Estás bien? Tienes los ojos hinchados… ¿Qué has tomado?

Esta última señora sí que me molestó, con su certeza al sugerir que la caída era debida a que había consumido drogas o sustancias psicotrópicas, con sus insidiosas retóricas…

“Sí, señora, las narices me está hinchando usted…”, me dieron ganas de soltarle a esa escarola de pelo rizado con más arrugas que una pasa, y los ojos tan saltones, que parecía que la iban a abandonar para tomarse un piscolabis.

 

Antes de intentar levantarme, opté por ignorar a todos, y registrar los techos del sitio, y me di cuenta de algo… Que la parte de arriba, estaba llena, llena, llena de polvo y telarañas. La casa-árbol que Ivana y yo habíamos construido en el jardín cuando éramos pequeñas, también tenía muchas telarañas.

Si no me fallaba la memoria, creo que cumplimos cinco años el día que la inauguramos, tirando una botella de champán desde lo alto. Claro que a nadie le gustaba que nos subiéramos a esa casita, sin embargo ahí pasamos los mejores tiempos de nuestra infancia.

En la casa-árbol teníamos recuerdos inolvidables, aunque que Ivana se cayera de allí y se matara el día de nuestro quincuagésimo cumpleaños, fue lo que hizo que la ira y la venganza afloraran en mí como sentimientos adyacentes y cercanos, según afirmaba mi prudente analista.

Cuando ese fatídico día se inició, nadie hubiera esperado que tan solo unas horas después fuera a terminar de forma tan fatal y adversa. Desayunamos apaciblemente y nuestros padres le regalaron a Ivana el carísimo vestido, del cual ella estaba enamorada hacía muchísimo tiempo; su carita de felicidad bastaba para saber que habían acertado de pleno, y que ya no había nada que le pudiera gustar más…

Pese a todo, yo intenté asombrarla con unos pendientes y un colgante de Sensación de Vivir, que era la serie televisiva del momento. Sin tener nada que ver con lo que yo había imaginado, los metió al cajón de lo que ya nunca se ponía, y con una sonrisa forzada y falsa, como las de los anuncios de dentífricos, me dijo por decirme algo, que estaba agradecidísima y encantadísima.

─ Esta sí que tiene madera de actriz ─ susurré sin que me oyera.

Después de esto esperaba mis regalos, aunque por parte de mis padres, me advirtieron que tenía que traerlo alguien desde Bilbao, y que todavía no había llegado. Aunque, enseguida estuvo ahí… era un cachorrito precioso y cariñosísimo, que no dejaba de lamerme la cara entera.

Llena de gozo e ilusiones, fui a buscar a Ivana para enseñarle mi nueva mascota; no la encontraba por ninguna parte… ni en la cocina, ni en su habitación, ni en el baño… Como penúltima opción se me ocurrió mirar en el jardín y…  ella, mi gemela estaba ahí tumbada, inmóvil, quieta, sin respirar… al lado de unas botas de tacón, tipo a las que había llevado Mónica Naranjo en su última actuación de ese año.

 

Casi se me cae el perrito cuando la vi ahí tendida. Me agaché y pretendí despertarla sin éxito, dándole pellizcos en los brazos, a la vez que gritaba llamando a papá y mamá.

Se había caído de la casa-árbol al pretender bajar esas malditas botas que la embelesaban; nunca subíamos allí arriba, se nos había pasado la fiebre de pasar todas las tardes en su interior… Ya éramos chicas grandes, y debíamos aparcar ya esos sueños infantiles para ir avanzando en la vida.

Asimismo, éramos unas adolescentes cautas, y estábamos cerca de que nos preocupara más que la casita-árbol, un pisito en el centro y todos los amigos del mundo. Realmente, la habíamos convertido en una especie de trastero, en el almacén de nuestro Diógenes particular, donde guardábamos todo nuestro pasado. Desde el principio, Ivana no supo dónde esconder esas botas, y no se le ocurrió otro sitio mejor para ocultarlas.

A mamá nunca le había gustado que tuviéramos que escalar hasta la casa-árbol, y cuando nos aburrimos de ella se conformó, pero en secreto mi hermana la seguía visitando con asiduidad. Creo que por primera vez comprendí porqué, al darme cuenta que Ivana seguía sin moverse.

La ambulancia llegó, la subieron a una camilla, junto a nuestros padres que la acompañaron sin apenas poder decirme que me llamarían, y la vi alejarse sin más hacia el hospital. Jamás volví a ver a Ivana… me contaron que murió…

Y este detalle de la ambulancia llevándose a mi gemela, nunca lo podré olvidar a no ser que alguien me taladre la cabeza y pueda eliminar toda esta angustia que siento… después de todo, yo era la mayor de las dos, y tenía que haber derrumbado la casita del jardín; se caía a pedazos y cada vez me daba menos seguridad. Mi psiquiatra solía insistir en que no me hiciera mala sangre, que no podía saber lo que iba a ocurrir. Pero, no era tan fácil.

Mi madre convenció a todos de que me convenía ponerme en manos de un médico para que me ayudara a superar la muerte de mi hermana. Yo no dije nada, no tenía fuerzas para discutir… fue un período de debilidad mental transitoria.

Y precisamente fue que estuve más temprano que tarde en la sala de espera de un señor de bata blanca y títulos sobre cursos en Stanford y en Yale, que aseguraba poder arreglar todos mis problemas sin dejar absolutamente ninguna secuela o daño colateral. Sonaba un poco mal lo de “solucionarme la vida” como remachaba, depende de cómo lo entendiera, pero el primer día de la consulta, cuando lo tuve enfrente y alcé la frente y los ojos se me inflaron completamente los mofletes, y disimulé la carcajada con un falso ataque de tos solo para no parecer tan maleducada y asocial.

Aún hoy en día, hay veces que mientras este hombre me está exponiendo la importancia de quererse a uno mismo y el valor de la verdad en contra de la mentira, no puedo reprimir una tenaz y persistente sonrisa, al asemejar su nariz gruesa y descendente con la de Doña Jaimita Llobregat, la madre en los tebeos de Zipi y Zape.

 

En fin, que de estas cosas me andaba acordando yo cuando estaba allí acostada entre tanta gente que se me había arrodillado al lado, totalmente preocupados de lo que me estuviera aconteciendo.

Poco más pude disfrutar tranquila… De pronto, sucumbí aterrorizada al miedo de ver a Arantxa Seisdedos que venía hacia mí como un huracán, apartando a cualquiera que le bloqueara el paso; era imparable, estaba furiosa. Ya no me acordaba de mi profesora, ni de que estábamos representando Hamlet, ni de que yo era un SEPULTURERO de la obra… Apenas resonaba ya en mi memoria lo de que había saltado del escenario para ir a abrazar al fantasma de Ivana, pero así había sido, por lo que había arruinado taxativamente la función teatral.

Por eso, Arantxa Seisdedos estaba roja de enojo, mientras se imponía aproximándose peligrosamente, casi como si no fuera humana; solo le faltaba echar espuma por la boca y tener los ojos rojos inyectados en sangre, para que cualquiera sugiriera que no provenía de este mundo.  Yo, mientras tanto, estaba segura que no habría recuperado ni el color de lo mareada y aturdida que me sentía…

Y de pronto, cuando la tenía ya encima, cerré los ojos delicadamente como si me hubiera desmayado; al menos, de esa forma pensaba que esta no me pediría explicaciones de lo que estaba pasando, y quizá pudiera escaparme antes de que su enfado llegara a baremo de catástrofe.

Pocos segundos después, pude sentir a la bestia, mejor dicho a su nariz aguileña olisqueándome por todo el cuerpo, igual que un sabueso encrespado que fuera a encontrar las pistas de que mi inconsciencia era una ardua mentira. Intenté controlar la respiración y no sudar en exceso, sin embargo sabía que me iba a pillar, que no podía seguir ahí derribada como una tabla… y elegí decidida aquel momento en el que la profesora hablaba cabal con uno de los espectadores, que realmente creía en mi inculpabilidad y le había protestado humanamente por el  trato amoral y grotesco hacia mi persona por su parte.

 

Bueno, pues el caso, es que me escabullí lo más rápido que pude por la puerta de urgencia, ante un montón de miradas atónitas que me siguieron por todo el corredor. ¡Dios, se me iba a romper la caja torácica! ¡El corazón me iba a mil por hora!

Mi penúltima mirada antes de irme definitivamente, fue para los chicos del escenario, mis estupefactos compañeros de hacía tan solo unos minuto; el último vistazo que dediqué en esa esfera, sería para ese público que enfervorizado, comenzaba a aplaudir pensando que todo había sido parte de un espectáculo, que todo había sido un confuso montaje, irradiado por las artes más modernistas y las bases del Teatro del Absurdo.

Había llegado el final… el final de mi particular representación de tarada e insensata; antes de marcharme irreversiblemente, incliné el cuerpo y la cabeza hacia delante, y saludé trastornada a todos aquéllos que aplaudían y me vitoreaban. Salí luego de ahí como alma que lleva el diablo…

 

Por inercia, la puerta de emergencia se cerró tras de mí… había escaleras hacia arriba y hacia abajo; pensé que lo más lógico si quería salir de aquel edificio, sería bajar, así que eso es lo que hice, saltando escaleras de tres en tres, como si fuera un saltamontes gigante, temiendo a la vez que Arantxa Seisdedos estuviera tan ofendida y fuera de sí, como para seguirme y hacer alguna locura contra mí.

Llevaba ya piso y medio de ventaja cuando oí que alguien salía por donde yo lo había hecho. No debí, sin embargo la tentación fue enorme y acabé sucumbiendo, y curioseando hacia arriba, para certificar quién me perseguía… En el fondo creo que sabía que era la directora de la obra, aunque cualquier duda se aclaró cuando la vi asomarse por el hueco de la escalera con la sonrisa más siniestra, psicópata, lunática y visceral, que ni en mis peores pesadillas me hubiera aterrorizado.

Ni tiempo de gritar había; resbalé nerviosa hasta otra puerta estrecha que me llevó a un pasillo de baldosas blancas, en el que había un montón de cajas de cartón a lo largo de todo el recorrido. Abrí una portezuela que había a la izquierda, y tras atravesarla, la atoré bien con unos muebles viejos y unos cajones, que tenían allí por si podían servir para alguna función.

Huí, mientras se me quedaban grabados en la mente los gritos, los alaridos, los insultos, los puñetazos a la puerta, las patadas, los empujones, los envites, los cabezazos…

 

Por la calle ya, me daban ganas de abrazar a los viandantes, los cuales no paraban de cuchichear sobre mí al juntarse; me daba igual, supongo que daba motivos con mi barba tintada y mis pantaloncitos piratas de color negro, que me hacían unos muslos increíblemente monumentales de gordos…

Era mejor no opinar más sobre mi ropa, ni sobre el falso vello de mi cara, ni de lo poco abrigada que iba el mismo día que una ciclogénesis explosiva amenazaba con arrancar árboles, arruinar casas, y llevarse todo lo que no se sujetara mínimamente al mobiliario urbano.

Ciertamente, todo estaba manga por hombro, mientras yo tiritaba de frío y veía horrorizada los efectos del viento o el prodigioso ciclón: una mujer casi volaba si no fuera porque se agarraba a una señal de tráfico, un policía intentaba ayudar a un chico con el reventón de una rueda de su coche a la vez que luchaba contra el temporal, un perro pequeño sobrevolaba las calles como si fuera un superhéroe de un cómic americano… La ciudad era un caos, pero no se me ocurriría volver atrás, nunca.

Tuve que cerrar bien ojos y boca, para evitar que se me metieran objetos indeseables y materias oscuras, sin poder apreciar que se acercaba surcando los aires, una caja de galletas metálica de esas antiguas, que se le había olvidado guardar a una ancianita de la residencia; me dio de pleno en toda la frente y me caí redonda.

Como los demás bastante tenían con mantenerse en pie, no culpé a nadie en concreto de que no me auxiliaran: ¡los culpé a todos de insolidarios y narcisistas, para ser sincera!

Me incorporé con dificultad, asumiendo ya que tendría que levantarme por mis propios medios. Parecía que el viento soplaba con menor fuerza, y aproveché la oportunidad para alzarme y correr a un centro comercial, donde me pondría a salvo.

 

Había traspasado ya las puertas acristaladas, cuando al otro lado del vidrio observé que llegaban agotados y consumidos Arantxa Seisdedos, el SEPULTURERO Nº 1, y parte del elenco teatral que representábamos la obra de Shakespeare. Volvieron a separarse las portillas automáticas, y se dirigieron todos hacia mí con el aura muy contaminada, y pocas ganas de conversar; no entendía nada, no podían ser tan malos… me estaban empujando contra las portezuelas… ¡A empellones trataban de sacarme!

No les llevó mucho tiempo lograrlo… Estaba fuera temiendo que la meteorología volviera a hacer de las suyas, ante su atenta mirada, cuando caí en la cuenta de que había un taxi en la esquina, justo en el segundo en el que el impetuoso y perseverante vendaval emprendía de nuevo.

Estaba vacío… tuve suerte. Lo ocupé y le dije al taxista mi dirección para que pudiera llevarme; arrancó seguidamente y al pasar frente a todos esos odiosos lechuguinos comediantes con ganas de gresca y venganza… les saqué la lengua burlona, igual que si fuera una culebrilla bisbiseando en su honor.

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“LA LOCA DE LA SALA DE PROFESORES”

Pues no, por supuesto que no, nunca hubiera pensado en mis días de estudiante de Magisterio que iba a acabar como hoy, metida debajo de la mesa, rezando todo lo que me sé para no ser encontrada por las fuerzas de seguridad, conjeturando y especulando cómo hacer para salir definitivamente del colegio, y lamentando profundamente que mis alumnos se hubieran enterado así de aquella tropelía.

 

Ese día comenzó como otro cualquiera para los niños d 1º de la ESO. Nunca solían prestar demasiada atención a la inicial clase de la mañana, y mucho menos si la asignatura impartida era un hueso duro de roer como por ejemplo Lengua y Literatura Española. A su favor, confirmaré qué quizá, la mañana de los hechos, tampoco es que yo tuviera la cabeza muy bien ubicada en donde la tenía que tener, pero bueno, que todos somos humanos y cometemos errores a veces; reconozco que el desliz fue mío por haberme dejado convencer por una amiga, de salir la noche anterior, de beber cócteles hasta olvidar cómo se llamaba cada uno, y de bailar desenfrenadamente con unos brasileños incansables, que a punto estuvieron de hacer que se me saliera la cadera… los pobrecitos, supongo que eran demasiado para mí… solo querían que lo pasáramos bien.

En fin, que cuando subí las escaleras un poco antes de ir al colegio, hasta mi piso, y me encontré con todos esos policías armados, me dio por pensar que estaban allí para detenerme porque guardaba desde hacía un par de días, una planta de cannabis en la terraza. No era ni mía la planta; mi hermana se la había quitado a su hijo y a esta no se le ocurrió otra cosa que traérmela a mí, para que me deshiciera de ella.

Ya, hasta se me había olvidado que estaba allí, hasta que vi a los agentes y bajé las escaleras lo más rápido que pude. Bueno, con los zapatos de tacón no se podían hacer muchas virguerías, así que se los dejé de regalo a mis perseguidores, después de haber dado unas cuantas volteretas de campana por el último tramo de escaleras. Supuse que no iban a sospechar si entraba en el colegio, que de ninguna forma iban a buscarme allí, sobre todo por los niños y porque no esperasen que yo hiciera mi trayectoria normal.

Eran las seis de la mañana todavía, cuando llegué… imploré a todos los santos, para que estuviera abierta la puerta de personal, y la de recepción me indicó que entrara, tras haberse escandalizado un poco por que no llevaba zapatos. Las clases no empezaban hasta las nueve y me invitó a desayunar en la cocina adjunta, antes de prestarme unas elegantes deportivas negras, que contrastaban con mi vestido azul añil de volantes color turquesa.

─ ¿Y de dónde dice que viene, Señorita. Martínez? ─ preguntó la recepcionista, cuando estábamos más relajadas.

Un momento, yo no había mencionado nada hasta el momento… ni tampoco quería hacerlo, por lo que alegué que tenía que preparar unos resúmenes, y me recluí en mi clase, hasta que llegaron los primeros chicos y empezaron a cuchichear.

 

A las nueve en punto comenzamos a leer La vida es sueño de Calderón. Notaba algo extraño, como si flotara en el aire una nube de suspicacia y desconfianza; todos me miraban con ojos rasgados y sagaces… como si sospecharan de mí, como si estuvieran pensando lo peor de mí… desde la niña del chándal fucsia  y el piercing en la boca, hasta el chaval de la sudadera de calaveras y los pantalones elásticos negros, o la jirafa de falda cortísima y la camiseta llena de transparencias, al lado del muchachito de las gafas, que se parecía al Milhousede Los Simpsons.

Varias gotas de sudor recorrieron mi espalda, y después ya todo empezó a ir fatal; cada vez me encontraba peor, y me entró un frío gélido por todo el cuerpo que no sabría identificar.

Lo sabían, lo sabían… no hallaba otra explicación a ese interés tan repentino y avieso en mirarme tan fijamente, y me decidí a salir de ahí, dejándoles perplejos y sin respuestas.

 

En los servicios, me lavé varias veces la cara y lloré lo alto que me dio la gana, creyendo que estaba sola y sin chivatos de ninguna clase, no obstante de repente me pareció oír una pedorreta. Acto seguido, como un tomate al verme cuando fue a salir, pasó a mi lado muy digno como si en absoluto se hubiera percatado de mi presencia, el director de la escuela que al parecer también había creído que no había nadie en los lavabos.

Luego, me dirigí a la ventana y la abrí de par en par porque sentía que me faltaba el oxígeno, me ahogaba; abrí bien las fosas nasales e hice de aspiradora hasta que los pulmones se hincharan completamente.

En cuanto me pareció estar mejor, corrí hasta la sala de profesores, desierta en esos momentos, y me metí debajo de la mesa de reuniones, como si allí estuviera segura del todo, como si estuviera plenamente oculta en mi recóndito escondrijo.

 

Allí agazapada, resonaba en mi memoria el primero de mis recuerdos; eso de agacharme debajo de la mesa, casi era un homenaje a cuando era pequeña y estando así, me daba la impresión de que me volvía invisible, que ningún adulto podía verme para regañarme, que cualquier monstruo que me buscase no daría nunca conmigo.

Fue bonito, fue como una especie de regresión a mi infancia, hasta llegué a sentir un calorcito excepcional, como el que creo que se sientirá en el útero materno. Cuando, para mi sorpresa, una mano fuerte y firme, asomó por debajo de la mesa y delicadamente, me ofreció salir; alguien me había descubierto, por lo que descubrí que mi concepto de la invisibilidad debajo de la mesa, era un poco ridículo.

Asimismo, el dueño de la mano, dobló las rodillas, poniéndose a mi altura, y lo pude reconocer sin ninguna duda; cara finísima, ojos azules e insinuantes, nariz perfecta, labios carnosos, boca no muy grande, ni muy pequeña, dientes cuidados formando la sonrisa ideal de los anuncios de dentífricos. Era él… era el profesor de gimnasia, el mismo que nos traía locas a las féminas del profesorado y a alguna que otra alumna también.

─ ¿Estás bien… estás bien… estás bien?

Incomprensiblemente, por todo lo que me gustaría decirle a ese hombre, me quedé muda y acepté su mano, sin siquiera hacerme derogar un poquito. Antes de salir balbuceé que la policía me estaba investigando, y que si me encontraban me llevarían a la cárcel.

─ ¡Estás a salvo, alma cándida…! ¡Ya no queda ningún policía por aquí! ¡Además, no estaban buscándote a ti! ─ añadió.

─ ¡Ah, ¿no?! ¿Y a quién vinieron a buscar? ─ contesté entre confusa y furiosa porque sentí que me trataba como a una loca que inventaba tonterías..

 

Entonces, me puso al día sobre que en una de las casas colindantes a mi apartamento había sospechas sobre que un grupo de anarquistas radicales tramaban un plan para asediar el Congreso y unir fuerzas con los Indignados del 15 – M, y las fuerzas policiales enteradas de esto, habían ido al piso y habían cargado contra los integrantes de dicha asociación.

─ Así que siento desencantarte, pero no, no te buscaban a ti, guapa ─ me dijo, llevándome de la mano a mi clase, donde los alumnos esperaban inquietos ya.

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“Todo un Show”

 

Entre sueños, aún medio dormido, sufriendo los efectos de la resaca, el móvil me despertó con una melodía inconcusa que me había bajado de una página de Internet, de cuyo nombre no puedo acordarme.

Dejé que el irritante sonidillo cesara, y poco a poco me fui incorporando a la vez que bostezaba y me rascaba la cabeza. Recapacité que en esos momentos lo mejor seria ir a la ducha  directamente, sobre todo cuando alcé el brazo y me vino de la axila un olor nauseabundo y desagradable, a sudor, corrosión y a otros vapores fétidos, que venían de más abajo.

Asimismo, sentado en la cama, intentaba recordar algo de la noche anterior… nada, a pesar de mi insistencia en buscar recuerdos, aunque fueran vagos y dispersos, no aparecían por ningún lado. Cuando sentencié que estos no iban a regresar, busqué las zapatillas, una al Oeste y otra al Este de la habitación, y una vez que recuperé la estabilidad y el equilibrio, que la visión doble, y enigmática producidas por la pertinente borrachera noctámbula, me puse muy recto para tomar la decisión de abrir los ojos del todo.

Me levanté a pesar de las pocas ganas y mi estado ligeramente apocalíptico; me pasé la lengua por los labios… no tenía ni saliva y decidí cerrar la boca definitivamente porque estaba un poco apestada. En ese preciso momento fue cuando juré que no iba a volver a beber una gota de alcohol; estaba ya a punto de cumplir los treinta, y era ya hora de tomar en serio algunas meditaciones.

 

¿Y eso? ¿Qué era eso de ahí?

─ ¿Qué es eso de encima de la mesilla? ─ me pregunté absurdo a mi mismo en voz alta, achinando mis ojillos miopes, para resolver el misterio.

Eran unos papelillos… unos papelillos pillados estratégicamente con el  celular para que no se volasen…

Me acerqué restregándome los ojos.

Eran dos entradas, ¿para Freestyle? ¿Un show de motos? Alguien me habría invitado la noche anterior, tendría que hacer memoria…

En ese preciso momento en el que pretendía recordar con algo más de claridad, volví a recrearme en eso de que no iba a volver a cogerme una borrachera en la vida, y un poco disgustado, las tiré entre las sábanas, y me fui al cuarto de baño para lavarme la cara, a ver si así me espabilaba poco a poco.

Antes de terminar en el lavabo, me pareció haber visto en las entradas que el espectáculo era hoy mismo a las 20:30 horas exactamente, en el Polideportivo. Casi sin respiración, me abalancé de nuevo sobre la cama y busque los tickets que informaban sobre el horario, el lugar y la fecha del acontecimiento.

Pues sí, no me equivocaba, estaba a cuatro horas de aquel evento. Tenía que darme prisa si quería llegar… Iría sí, aunque al principio no lo tuviera muy claro, pero sí, al final no me lo perdería por nada; no era tan habitual en mí que cambiara de humor tan fácilmente, no obstante era como si algo me incitase, una fuerza sobrenatural, el destino quizá, no sé.

 

Asimismo, enseguida me duché, me peiné y comí algo. No sabía muy bien lo que iba a ver, era motociclismo en un estilo libre… Me picaba la curiosidad; tenía entendido que en el Freestyle los competidores se jugaban la vida con sus motocicletas, entre piruetas, saltos, acrobacias, cabriolas y aterrizajes peligrosos… como en el MotoCross, más o menos, quizá más grandilocuente aún.

Cuando metí las entradas en la cartera, antes de salir de casa, me di cuenta que eran dos y no tenía a nadie a quien llevar; mi mejor amigo se había ido a trabajar a Alemania, mi hermano tenía justo ahora los exámenes finales, mi primo estaba en Boston en un Congreso, y mi novia odiaba este tipo de cosas.

Bueno, iría yo solo, y con la entrada que me sobraba haría reventa… Daba igual, todo controlado…

Salí del portal y me dirigí al Polideportivo con el coche… Lo que no entraba en mis planes, era dar con aquel embotellamiento, aquella comitiva atascada de vehículos que estaba minando mis ánimos de llegar a tiempo al complejo.

Solo fue cuestión de paciencia, pitidos y sinsabores, hasta que me pude poner en marcha. Aparcar me costó menos de lo que pensaba, pero ya eran las ocho y cuarto… no había tiempo para revender la entrada que me sobraba. No hice más que bajar del automóvil y fui corriendo a la puerta donde comprobaban los accesos al Freestyle.

No me pusieron trabas, a pesar de que casi toda la gente ya estaba dentro, y acto seguido me aposenté en el único asiento de las gradas que quedaba libre. No conocía a ninguno de los que había a mi alrededor, y me sentía totalmente fuera de lugar…

Menos mal que los altavoces empezaron a regurgitar con el anuncio de que las motos suicidas estaban calentando motores. La voz ronca y alborotada del emisor, cercioró al público de que aunque todo el elenco que colaboraba era muy bueno en sus campos, los auténticos protagonistas iban a ser dos campeones del mundo, el americano WillMcHill y el taiwanés MaWei.

Aclarado esto, quedé como hipnotizado al ver veinte o treinta motos que corrían por todo el escenario, entre las distorsionadas luces de los focos, al ritmo más precipitado de Van Halen.

 

De repente todo era rojo… todo azul… todo amarillo… Y al momento, todo violeta, todo verde o todo blanco… Y los pilotos… uno hacía piruetas por aquí, otro saltaba por allá… Eran impresionantes; recorrían rampas que les llevaban a tocar el cielo con las manos, para luego hacer una caída perfecta en el suelo, se posaban casi delicadamente en el suelo… ¡Impresionante!

¡Fascinante! Todo el mundo expectante y en silencio; solo se oían los motores de las motos… Nunca había visto nada igual. ¡¿Qué, qué están haciendo ahora?!

─ ¡Madre mía, eso es el más difícil todavía! ─ exclamé intuyendo que entre todos querían figurar una pirámide… eran como los Castellers, pero con las motos… era muy peligroso… bastante difícil.

Y cuando estaba ya más concentrado en todo esto, uno de los pilotos, el americano por el rubio de su pelo y su tez blanquecina, se puso enfrente de mí y agarrándome del brazo, me suplicó discretamente que le siguiera:

─ Please, camon, camon… please. Camon, please, hurry up!

No sé ni por qué lo hice, el caso es que ni siquiera dudé en ir con él detrás de las gradas. Era como si fuera de la familia, como si ya confiara en él desde antes de ese día… Había algo que no cuadraba del todo…

Se había quitado el casco y lo llevaba en la mano, pero no acababa de recordar por qué me sentía tan bien con él… ¡Anda que mi madre estaría contenta de ver que me iba con cualquiera a donde él decidiera! Ella, que cuando era pequeño creyó haberme inculcado eso de que no hablara con desconocidos.

 

Fue entonces cuando el anónimo para mí, motorista, me tocó el brazo y me dio una especie de mareo, como si la mirada se me fuese al lugar más recóndito que existiese…

─ Bueno, pues ya estoy aquí… Dime lo que quieres ─ exigí entre molesto y exorbitantemente severo.

  ─ Okay, man, yes. Thanks, thanks. Yo quiero pedirte favor ─ dijo el otro con cierto apuro en mi idioma, para que yo le entendiera. 

─ ¿Un favor? ¿Cuál?

Se ajustó el peto y los guantes; al rato sacó otro casco que había escondido ahí previamente, y me lo dio antes de decir nada.

Erhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh… Erhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh… Youwith me… en la moto, ¿fine? Nosotros jumpto pirámide and… ¿do youunderstand me, man, yeah? ─ continuó.

Creí acertadamente que me estaba ofreciendo saltar con él al pico de la pirámide de las motos… Justo en ese instante tuve una especie de iluminación de la noche anterior; era una visión borrosa, pesarosa, agridulce, a medias entre un “chupito” de licor de melón y una jarra medio acabada de vodka con naranjada. Era todo enrevesado y jactancioso, salpimentado con una mezcla a sudor y alientos alcoholizados y lánguidos, con una sevillana sonando de fondo… Y ese guiri desacompasado que bailaba de un lado para otro, asemejándose cada vez más a un oso cogiendo manzanas imaginaras… ese era… ese era él, el motorista pendenciero y temerario de Texas… el americano este que ahora mismo tenía enfrente, Will que me decía ahora mismo cosas raras en un idioma inventado…

Lo supe entonces; la noche anterior estuve con él de juerga, de experiencias de borrachera y nocturnidad… él fue quien me regaló las entradas para el Freestyle, por fin lo vi claro… fue Will.

 

Me quedé pasmado a la vez que recuperaba la memoria.

─ No, no… yo lo siento, pero no…

Justo iba a marcharme… rectaba hacia atrás, y en cuanto me volví me di de bruces con el taiwanés… me empujó hacia el otro, y ya esto me dio muy mala impresión, como si no me fueran a dejar ir de rositas.

Me giré y miré de nuevo al americano:

─ ¡¿Qué es esto, qué está pasando aquí?! ─ balbuceé.

Todo indicaba que no me estaban dando a elegir y no había nadie en esos momentos, que me pudiera socorrer; nadie me atendería, todos estaban pendientes de las motos y esa construcción piramidal.

 

Menos mal que en ese entonces se le ocurrió pasar por ahí al hombre que vendía entre la gente de las gradas, bebidas reconstituyentes, con o sin burbujas, y con o sin azúcares añadidos, sándwiches o perritos calientes o helados y polos, para reducir el calor corporal y los bajones metabólicos.

     ─ ¡Fuera de aquí, señor! ¡Está molestando usted aquí! ─ amplificó el americano, al sorprendido vendedor ambulante, volviéndose hacia él.

Así fue que aproveché la ocasión para zafarme del taiwanés que también se había despistado por completo. Le di un envite en el pecho y corrí hacia la puerta de salida como alma que lleva el diablo. En la portilla había un empleado contando el dinero que habían sacado por aquel evento, y me cuestionó, percibiendo mi idea de abandonar el Polideportivo, que adónde iba tan nervioso.

─ ¡Yo… esto… ábrame, por favor! ¡Mi mujer está pariendo, acaba de mandarme un whattsupp! ─ mentí, a la vez que rezaba para que me creyera.

─ Está bien, está bien ─ repetía, mientras se apresuraba en abrir.

Dejé al buen hombre atrás, y a varios metros ya, cuando volví la mirada, observé que los dos pilotos del Freestyle le empujaban despectivos tirándole al suelo, para continuar persiguiéndome después.

Había parado de correr por un instante, no obstante por lo visto, no debería ni planteármelo, y desorientado, sin saber qué dirección tomar, entré a una iglesia gótica de la zona. No había mucha gente por los bancos; me dio la sensación de que nada malo podría pasarme en un lugar así.

Presté atención al Cristo colgado en la Cruz, a la Virgen llorosa a su lado, a las fieles imágenes de los santos y a las pinturas relativas a la Última Cena, y a la Consagración del Pan y del Vino.

Tenía algunas monedas en el bolsillo; suficientes para a la izquierda del altar, encendí  unas velitas a San Judas, Patrón de los Imposibles. Asimismo lo hice, luego medité durante unos minutos, arrodillado.

 

De pronto una chica bajita, de pelo largo y ensortijado se me acercó, poniéndose muy cerca.

─ ¿Qué pasa? ¿No te acuerdas ya de mí? ─ me preguntó decepcionada al ver mi sorpresa al advertirla.

─ Ya lo siento, pero no… no sé… es que…

Pero derepente… algo raro pasó… algo en mi cabeza… un dolor, un pinchazo… fue como si mi mente se abriera sin darle yo permiso, claro, como si la masa gris se me hiciera líquida para poder encontrar los recuerdos, que yo quisiera, o los que más me convenía que no se tergiversasen.

­─ ¡Tío, ya te vale, bien que voy vestida un poco distinta a como iba ayer a la noche, pero que sigo siendo yo, Esmeralda! ─ protestó molesta conmigo.

 

¡Esmeralda, Esmeralda, Esmeralda…! Ese nombre me decía algo, claro que sí… Esmeralda, Esmeralda…

¡Claro, ya sé! La noche de autos, ayer por la noche conocí a los motoristas de Freestyle, claro, al americano y al taiwanés; acabamos montando una buena juerga y a las tantas de la madrugada salimos de la discoteca, y nos colamos en un zoco moro con ropas, babuchas, pulseras, collares y multitud d accesorios y curiosidades.

─ ¡Ah, ya sé, ya sé! ¡Tú eras la chica que bailaba la danza del vientre con aquella serpiente en los hombros, a lo Salma Hayek en “Abierto hasta el amanecer”!

─ ¡Din, din, din! ¡Respuesta correcta! Bueno, ¿y solo te acuerdas de mí por eso?

Pues, de momento, eso era todo por mucho que me exprimiera el cerebro… hasta que por ventura o desventura, otro recuerdo no tardó en asediarme impetuosamente, de forma tosca y abrupta; fue entonces cuando en mi alucinación atemporal de acontecimientos nocturnos, se me aparecieron los dos amigos de las motos, extranjeros, que había conocido recientemente en la barra… era cuando el americano me pedía que le presentara a ese bombonazo de chica morena de ojos negros y piel tostada por el sol, que a cambio él me daba entradas para que fuera a verles al Freestyle.

 

No podía evitar el sentirme orgulloso por haberme acordado por lo menos, de quién y por qué me había invitado al extraordinario espectáculo de Freestyle. Lo que no entendía era el porqué de que el estadounidense me persiguiera ahora tan enfadado, si supuse que sí le había presentado a Esmeralda; del mismo modo, conjeturé que lo había logrado, ya que si no él no me hubiera dado las entradas…

─ Yo ya te presenté, Esmeralda… pero Will y su amigo, no sé por qué están furiosos conmigo ─ manifesté enfuruñado, alegué mientras salíamos de la iglesia.

─ ¿De verdad que no te acuerdas de por qué se enfadaron?

Ante mi gesto afirmativo, ella me llevo tras una calle poco transitada y me hizo entrar en un soportal de una casa abandonada. Y ahí me dio un beso de tornillo por el cual aún hoy me sigue dando vueltas la cabeza; me gustó mucho, pero me quedé tan estupefacto…

Aunque, más me sorprendió lo que recordé qué había pasado la noche anterior, tras otro beso igual. La chica, entonces me susurró:

─ ¿Y ahora qué, te acuerdas que me presentaste a Will y MaWei, pero que a mí me gusta más el producto nacional?

 

¡Claro, a Will le encantaba Esmeralda desde el principio, y yo se la había quitado! ¡Estaba celoso y herido en su hombría, claro!

Will había perdido…

En fin, the show mustgoon, como diría Freddy Mercury.

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UNIVERSOS PARALELOS

A lo largo de la mañana, estoy convencida de que algo me estaba diciendo que me volviera a la cama: aquel grano tan descomunal que me había salido el cual casi me hacía parecer bicéfala, esa vecina inoportuna con licenciatura en “Portería y Cotilleos varios”, que no sé por qué pensaba que me interesaban tanto justo antes de bajar en el ascensor, ese gato negro y sin prisas que se me cruzó al ir a atravesar la esquina del patio de mi casa y me miraba con ojos siniestros y pesados o esa carrera tan visualmente llamativa, que iba bajando por mis medias a medida que caminaba. De esto último dejé de preocuparme enseguida, porque claro, ahora se me veían las piernas, mientras iba aquí cerca a buscar al amigo que me iba a acompañar a la boda, pero en cuanto estuviera en público y tuviera que guardar las formas, dejaría de remangarme esa falda de tubo hasta los muslos, y me convertiría en lo más señoritinga que podría encontrarse por esos lares… y de esta forma, ¡cómo si la carrera no hubiera existido!

Mientras tanto, mi peripuesto camarada bien trajeado de caballerete, recompuesto con el mismo porte de Bertín Osborne, se dirigió a mí con gran gallardía y sugirió:

─ ¡Pues si pareces un Picasso! ¡¿Quién te ha dicho que te maquilles así?!

Yo hasta entonces pensaba que estaba muy mona…con esto me empezaron a entrar complejos y al no estar acostumbrada a pintarme la raya del ojo, comencé a lagrimear exageradamente. Entre que yo quería arreglarlo con un pañuelo y mi amigo con un clínex, acabé con la cara hecha un borrón bajo una fuente que parecía no tener agua, hasta que me puse debajo y me cayó de sopetón todo aquel chorro esquizofrénico.

─ ¡Dios, así no puedo ir a ningún sitio! ─ exclamé al ver mi reflejo en el retrovisor de un coche aparcado.

La gente al pasar hacía una mueca rara y se tapaba la boca, para evitar que les advirtiera reírse a escondidas de mí.

─ ¡Pues chica, parece que te has dado un atracón de chipirones en su tinta! ─   manifestó el pelón a mi lado.

Todo el rato me repetía que por mi culpa íbamos a llegar tarde a la iglesia, entre que yo trataba de arreglarme un poco con la polvera y la crema anti-imperfecciones. Justo cuando iba a repasarme los labios con el perfilador, perdió totalmente los nervios, y me arrastró prensándome el brazo, haciéndome que caminara deprisa hacia la capilla.

Completamente enojada, le pedí que me soltara y abrí las puertas de la ermita presurosa… asombrada porque llegábamos un cuarto de hora tarde y no había nadie, le destiné a mi acompañante una mirada inquisidora… Pero él estaba tan pasmado como yo.

Tan solo el sacerdote acudía deprisa a la sacristía; fuimos corriendo antes de que le perdiéramos la pista y le preguntamos directamente por la boda que debería estarse celebrando en ese mismo momento.

Y según el cura, que no había boda, que el novio ni había salido de casa, que la chica no tenía claro casarse todavía y se había fugado con su profesor de  equitación:

─ El pobre muchacho me llamó para cancelar la boda… estaba destrozado ─ afirmaba el sacerdote.

Casi que era mejor que nadie pudiera opinar sobre las pinturas rupestres de mi cara, sin embargo no podía más que sentirme triste por los que yo creía que iban a ser el matrimonio del año. Me senté en la escalinata del exterior sin ganas de nada, a esperar si mi camarada se dignaba a invitarme a tomar algo.


 

La soledad de los desterrados

La razón por la que ellos dos fueron ignorados por las gentes de su entorno y arrancados de la historia finita, que por separado compartían, quiso el destino que se fuera olvidando,  para evitar que aquel mal se instaurase ya por siempre en las confusas mentes de quienes una vez los amaron…

Él se fue a luchar al lado de su hermano, y fue tarde cuando comprendió que había perdido la identidad y la dignidad… Fue muy tarde cuando apreció que había perdido más de lo que había apostado, que ya no sabía quién era su hermano y quién no, y que sus manos estaban manchadas de sangre; un rojo tan intenso que no iba a desaparecer por mucho que se las frotase.

Ella nunca hubiera pensado que correría su misma suerte… Ella tergiversó las palabras de la muerte, y quiso poner punto final a su vida saltando desde la ventana de un quinto piso; sin embargo, la fortuna ese día no estaba de su lado, y antes de golpearse contra el suelo se dio cuenta que estaba alucinando, y se iba tropezando en la caída desde solo un segundo por los colgaderos del patio de su casa. A partir de entonces, todos supieron que quería dejar la vida y que a todos despreciaba porque ya no lograba verlos.

 

Aunque nadie se merece el resquemor por siempre y deberían haber sido perdonados, cada uno a su modo por haber repudiado la vida que se nos dio, no hubo muestra alguna de comprensión ni compasión hacia ellos, y por eso es que ahora deambulan solos y desterrados de su patria, en soledad y aislamiento absolutos hasta el día en el que se reúnan, y se obsequien con la piedad y el juicio.

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El chiflado de las  mariposas

 

Las Mariposas Monarca son inconfundibles: sus alas amarillas brillan entre gruesas rayas negras; las hacen suntuosas… Y sus delicados movimientos las hacen parecer las protagonistas de un baile noble.

Cada año migraban hacia el Sur desde las Rocosas en primavera, y siempre descansaban su vuelo en la cabaña de un viejo pastor de cabras. Las que volvían de una vez para otra ya no eran las mismas; eso lo sabía el anciano, porque una mariposa no vive más de seis semanas. Pero, todas las primaveras pasaban por allí, y se detenían como para saludarle afectuosamente.

Le gustaba pensar que estas se transmitían de generación en generación que en ese lugar podían reposar y aquietarse, tranquilas. El hombre había conocido ya a nietas, biznietas, tataranietas, madres, abuelas, bisabuelas, tatarabuelas, tataratataratatarabuelas, a toda la familia…

Las Monarca agradecían que él se deshiciera, antes de su llegada, de las arañas y algunos pájaros que se daban un festín gastrómonico cuando ellas llegaban al bosquecillo; a veces algún murciélago escondido les había   dado un buen susto, pero el buen señor a escobazos, lo había hecho huir con las orejillas muy tiesas, y las alas temblorosas.

Los árboles allí eran altos y fuertes, a pesar de que alguna vez estuvieron en peligro. Grandes empresarios y apoderados de la población cercana, trataban de convencer a todos los de la región de que la tala era sinónimo de mejorar las cosas; en cambio, protestas y manifestaciones, les hicieron cambiar de idea. El alboroto fue espectacular, pero después de eso, la paz volvió a reinar por los alrededores.

 

Hacia cinco lustros que paraban por allá… Las esperaba con fervor… No se oía ni el vuelo de una mosca.

Muy triste y decepcionado entró en la casa. Había anochecido ya, y era hora de acostarse.

Ya estaba en la cama, cuando mariposas y más mariposas empezaron a llegar como con cuentagotas, y el anciano se levantó alborotado, porque realmente no sabía quiénes le visitaban a aquellas horas.

Intentó salir por la puerta y ver lo que ocurría, pero alguien había atorado la puerta desde fuera, y no le   era posible. Entonces, pensó  en escapar por una ventana. Accedió a la más cercana, y entonces comprendió que no podría salir de la cabaña.

Toda ella, estaba recubierta por las Monarca, y el abuelo tomó conciencia de que estaba preso allí dentro hasta que levaran el vuelo. Pasó de esta forma toda la noche, y cuando despertó, ellas seguían allí.

─ ¡Preciosas, dejadme salir que nadie os va a hacer daño…! ─exclamaba con los primeros rayos de sol.

─ Esto empieza a no ser un juego, Monarcas ─decía cuando se aburría.

─ ¿Por qué no os morís ya, gusanos infectos? ─preguntaba intolerante ya, cuando empezó a escasearle la comida.

Y no tardaron mucho en hacerlo. A las dos semanas las mariposas empezaron a caer, y el hombre salió casi sin fuerzas de la cabaña, en medio de un manto dorado y gualdo, sin entender nada de lo que había pasado.

 

Solo los habitantes de cabañas contiguas sabían los motivos por los que ahora era un chiflado que cazaba mariposas. De noche y de día, él no pensaba en otra cosa, solo en  atraparlas una a una…

El loco continuamente estaba mirando hacia los troncos cortados, hacia los maderos raídos, hacia todas las luces de la casa en busca de alguna Monarca que volviera a visitar los lugares que tanto les gustaban en otras épocas. Portaba el cazamariposas con toda la maestría que sus años y sus huesos le dejaban tener, como si de una raqueta de tenis se tratase, y aunque hasta el  momento el viento y el aire eran lo único que apresaba, seguía agitando la manga   una y otra vez.

 

Lo que una noche cazó fue una polilla. Estuvo observándola durante toda la madrugada con curiosidad, cómo se movía, cómo se articulaba… Hasta la mañana siguiente, porque se durmió mucho antes de que la alada se fuera.

El invierno llegó, y fue el que le confirmó que no habría más capturas… El viejo rió, porque tiempo era precisamente lo que le sobraba para esperarlas…

Con unas planchas de madera y papel vegetal, se había fabricado un muestrario, que ya lo quisiera para él cualquier aficionado a estas particulares batidas, y allí tenía planeado insertar a las mariposas que cayeran en su red.

Después, atravesaría a todas sus capturas con un alfiler, y las expondría como si hubiera sido su sino en esta vida, y así, pudiera sentirse orgulloso porque se había vengado de las Monarcas que una vez invadieron su casa.

 

Sin embargo, el expositor donde debía fijar las mariposas, estaba completamente vacío, y de esta manera iba a continuar; el hombre nunca hubiera podido banderillear a las Monarca, pero no podría ni intentarlo, sin sentir que le punzaban el corazón. No volvieron a pasar por su cabaña; quizá habían comentado entre ellas lo furioso que se puso aquella noche que, asustadas porque se encontraron anteriormente con unas glotonas y amenazantes avispas, habían buscado calor y acogida, hallando en su lugar gritos y exabruptos aguerridos.

Así es como ellas, lamentaban profundamente que su antiguo casero hubiera dejado de tratarlas como casi divinidades celestiales… Y él, llora por los rincones, porque al no acompañarle ya las coloridas mariposas, no encuentra el matiz y la viveza en su  entristecida existencia.

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“El seleccionado”

Era una tarde de verano, de aquéllas tan preciosas y apabullantemente calurosas, que la mente era como si se me hubiera escapado; un viaje astral digo yo que estaría haciendo.

Busqué en el bar de al lado  de casa, por si allí había algún conocido que pudiera sacarme de ese estado vegetativo en el que me encontraba. Me explicó el camarero que todos habían desertado a las playas de los alrededores…

Allí estábamos los dos mirándonos fijamente, mientras yo a sorbitos controlados iba acabando con aquel granizado de café, que esperaba que me devolviese a la órbita espacial.

 

El chico que más que acompañarme, me desacompañaba, mentó algo sobre el Campeonato de Golf que televisaban, y tras personalizar el canal de la tele cutre que tenía en un estante, se giró hacia la pantalla, y se quedó expectante y atónito viendo esforzarse a un hombre con un palo, que trataba de darle con fuerza a una pelota.

Me escabullí en cuanto pude.

 

El granizado lo único que hizo fue engañar al cuerpo; de repente estuve tan fresco como una lechuga y de repente tan cocido como un pollo.

Por la calle, donde daba el sol, la impresión de que el cemento se derretía era perpetua. Yo buscaba la sombra, pero no quería parar porque luego no iba a poder continuar. Muchos cobijos oscuros me tentaban a quedarme allí, no obstante esto era una trampa para que yo no llegara a casa.

 

Y al dar la vuelta a la esquina, tropecé con ella, con Fabiola, la cual me descubrió, mientras se agachaba a recoger los peluches que se le habían caído por toda la acera.

─ ¿Estás esperando por si son malos y saltan? ¡Pero, ayúdame! ─declaró.

No me negué a ayudarla, y en un abrir de ojos los mantenía a todos. Dudé que llegara muy lejos con todos esos muñecos peludos, así que me decidí a acompañarla llevando yo unos cuantos encima: un tigre con unos bigotes exagerados, un cervatillo con ojos diabólicos, un reno que cantaba una canción de Bustamante si le tirabas de una pata, y una rana con gafas de sol.

─ ¿No creerás que por acompañarme tienes derecho a alguna recompensa?

─ No voy a ser tan gentil como para conseguirla ─contesté.

─ Pues eres tonto, alma de pedernal.

─ Lo mismo de tonto que para llevar estos ridículos animaluchos.

Entonces, se puso muy seria, como si la hubiera insultado.

─ A lo mejor la idiota soy yo por ir con gentuza como tú ─comentó airada.

A tirones me quitó los peluches que yo transportaba, y huyó por el pavimento cargada con ellos. Con las prisas, a la rana se le cayeron las gafas, sin embargo Fabiola no se agachó a recuperarlas.

Yo me encargué de recobrarlas, y le grité para que se parara. Llevaba zapatos de tacón alto, así que era obvio que iba a alcanzarla. Hasta que en el ultimo momento,

 

 

hizo un par de movimientos con los pies, y dejó los zapatos tras de sí… Parecía haberse puesto propulsores a chorro, de lo rápido que marchaba.

vi poco después a Fabiola en un portal próximo, que entraba con toda su comitiva animal. Solo  quería entregarle las gafas de su sapillo, así que me acerqué para ver si podía adivinar su piso.

Eran once pisos de tres manos cada uno. Era prácticamente imposible que diera con Fabiola, aunque por azar, me decidí a probar con el timbre del segundo izquierda.

Por suerte o por desgracia, no respondió nadie a mi escueta llamada. Me alejé del portal, y miré a las terrazas por si  distinguía a Fabiola en alguna de ellas.

Lo único que advertí en el cuarto derecha, fue a un   hombre gordo que con un cigarrillo en la mano, me examinaba suspicazmente desde su ventana. No obstante, ni rastro de la dama de los peluches.

 

Ya me iba a ir, cuando Fabiola, casi desconocida sin peluches, salió del portal, y de un salto se plantó delante de mí.

Nos quedamos durante unos segundos mirándonos a los ojos como si fuéramos dos desconocidos, que en realidad era lo que éramos, y ella exclamó de pronto:

─ ¡Ya está! ¡Eres un obsesivo psicópata acosador de éstos que salen en las noticias todos los días!

─ No, yo solo… Quería devolverte esto. Se le cayó a uno de tus muñecos ─, dije, alargándole las gafas de sol de la rana.

 

 

─ No es un muñeco, es una mascota, y tiene nombre. Se llama Woody─sentenció ella.

─ Bueno… Pues toma las gafas de Woody.

No me dio ni las gracias, sin embargo no me importó. Se metió las gafas  al bolsillo, y se observó los pies descalzos.

─ Podías haber recogido también los zapatos que perdí  por darte esquinazo ─escrutó.

Anduvimos sobre los pasos que habíamos dado antes, y en un abrir y cerrar de ojos, dimos con los zapatos de tacón de Fabiola. Volvió a calzárselos y su figura por ese nimio detalle, adoptó una forma como más estilizada y espigada.

Declaró, después, que estaba de mudanza, y tenía que bajar hasta su antiguo domicilio para coger unas cajas, y llevarlas al bloque de pisos donde habíamos estado previamente. Insistió en que la escoltara para que la echara una mano allí.

─ Está muy cerca.

─ Hasta me he olvidado del calor… Iré contigo.

─ Cuando lleguemos allí, te puedo invitar a algo de beber.

Acepté sin más divagaciones. No caminamos mucho, y paramos en el Asilo de Salud Mental, en el manicomio. Me quedé un poco desconcertado al ver entrar, pletórica, a Fabiola.

─ Es aquí. Me han dado el alta ─confirmó.

 

La seguí sin hacer preguntas, pero dudaba si hacía lo correcto.

─ Me encerraron en mi adolescencia, ¿sabes? Un brote de esquizofrenia, decían los médicos… Ya estoy bien, y me voy a vivir a otro lugar ─, explicó sonriente.

Yo seguía sin articular palabra.

Todos los que había en el jardín me observaban minuciosamente, aunque cuando entré al caserón me sentí peor, como si me acobardara una claustrofobia crítica.

Una chica con una bata blanca se acercó a Fabiola. Le susurró algo al oído, y Fabiola le rebatió:

─ No, no, es inofensivo… Viene para ayudarme con mis peluches y mis cajas.

Observé con detenimiento a la chica que parecía que llevaba el cotarro de todo aquello. Su pelo era largo y rubio, y un poco deshilachado; además, olía como si se lo hubiera quemado. No era muy alta, y no sé porqué comencé a diseñar cómo serían sus zapatos, que posiblemente no tendrían los taconazos de los de Fabiola.

Me perturbé, cuando al bajar la vista, me di cuenta que tenía los pies embutidos en bolsas. Al asentarme y contemplar su bata más paradamente, concluí que la bata no era suya; la bata era dos tallas más grande, y en la pechera podía leerse Dr. Jaime Dorronsoro Quintana, bordado en letras azules. A no ser que se hubiera hecho transexual…

Ni era su bata, ni la responsable de aquel sitio.

Se pusieron a discutir entre ellas. La jerga era incomprensible. Fabiola vociferaba más fuerte que la otra que no estaba de acuerdo con lo que la otra añadía.

Pensé abandonar el lugar lo más callado posible, y así, casi como una culebra, repté por el pasillo que conducía al vestíbulo. Un hombre de unos sesenta años me cortó el paso, y a empujones me llevó hasta un cuadro, una imagen de un rey holandés o francés del siglo XVI o XVII.

─ ¿Qué opina de él? ─inquirió el hombre.

No sabía si amonestar la imagen o venerarla. La pasión por salir de allí había liquidado íntegramente mis gustos y apetencias pintorescas. En ese momento, estaba demasiado fatigado para preocuparme de otra cosa que no fuera de encontrar la salida.

─ ¿Qué opino de cómo está el cuadro, o  del personaje personalmente? ─tanteé.

─ ¿Qué clase de pregunta tendenciosa es esa, niñato?

De tendenciosa no tenía nada, pero me callé ante la ira que parecía haber despertado en ese hombre. Me retorció el brazo, y me admiré de su fuerza.

Iba a gritar de dolor. Buscaba con impaciencia a alguien que pudiera ayudarme, y de pronto reconocí a Fabiola que forcejeaba con el hombre para que me soltara.

La chica de la bata me sostuvo. También había llegado y todavía tenía la respiración agitada.

 

No podía creerlo, ellas habían sido mis salvadoras; habían impedido que ese hombre me rompiera el brazo. Debía mostrarme agradecido.

Ahora, las dos, cada una sujetando uno de mis brazos, me llevaban por otro pasillo; este, más ancho que el que llevaba al vestíbulo.

─ Yo os agradezco, pero…

─ No agradezcas, sin saber ─añadió Fabiola, como robotizada, sin expresión.

─ Esta situación me está resultando rara.

La de la bata reía en silencio, como orgullosa de que se iba a hacer lo que ella decía. Evitaba el contacto visual, pero yo sabía que me observaba por el rabillo del ojo.

─ ¿Estáis todos locos? ─quise examinar.

Parece ser que les incomodó mi pregunta. No hubo respuesta. Solo, silencio.

 

Muy seguras de lo que hacían, y sobre todo, conformes la una con la otra, abrieron una puerta sita a la izquierda, y totalmente sincronizadas, me dejaron sentado en un gran sillón granate de una habitación ribeteada en tonos pastel.

Confirmé que era un infeliz al esperar una explicación por lo menos de Fabiola, sin embargo me fijé que sus labios se curvaban como pronunciando algo, y me ilusioné imaginando que me estaba reproduciendo un mensaje secreto, sobre cómo escapar de allí, o alertándome de que luego vendrá a buscarme.

Mi equivocación fue colosal. Solamente estaba  canturreando una canción de Mónica Naranjo.

Y la otra, la rubia enana de la bata, le hacía los coros. El audio fue interrumpido un instante:

─ Te llamamos cuando te necesitemos ─insertó Fabiola justo antes de cerrar con llave desde fuera.

Nervioso, busqué las ventanas; salté hacia ellas, pero todas ellas estaban forjadas con verjas. Eran como las rejas de una cárcel, y me sentí impotente queriendo doblarlas sin conseguirlo.

Quizá debiera sentirme prisionero ya, pero, ante todo, me sentía abatido por no haber presentido que todo había sido un anzuelo. Allí estaba yo agazapado, esperando a los deseos explícitos de los habitantes de aquella casa de locos. Por primera vez en mi vida había salido extrañamente agraciado, el gran elegido; el seleccionado de entre tantos y tantos…

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